Sucedió en la embajada americana
Entrás a la sala de pasaportes de la embajada estadounidense y al instante te noquea una realidad que no esperabas.
Descubrís que la gente, esa especie que normalmente reconocemos como gente, ha dejado de parecer gente.
Aunque conservan la forma general del ser humano con brazos, piernas y expresiones faciales reconocibles, hay en todos algo extraño: un visible desconcierto.
Como si en vez de a una embajada hubieras ingresado a una reserva biológica.
A todos les cuelgan las manos, sus dedos pulgares se mueven solos buscando algo en el aire y, cada treinta segundos, los hombres se palpan los bolsillos y las mujeres revuelcan sus carteras.
Sus miradas vidriosas vagan entre la ventanilla principal, la nuca de un desconocido y el parpadeo de una lámpara de techo.
Algunos, incluso, caminan en círculos, bufan, resoplan y emiten sonidos guturales de profunda frustración.
Otros intentan conversar entre ellos, pero al instante desisten porque ninguno recuerda para qué servía esa práctica ancestral.
La señora de al lado lo intenta conmigo:
–¡Qué fila!, ¿verdad?
–Sí.
¡Y ya! ... pues con este intercambio agotamos nuestras reservas retóricas de conversación.
Mientras tanto, la fila avanza a una velocidad solo compatible con la formación de los continentes.
De repente, yo también me empiezo a contagiar de lo mismo.
Ya no solo estoy mirando especímenes extraños sino descubriendo que soy también uno de ellos, de su misma tribu.
Entro en una crisis motriz incontenible sin saber tampoco qué hacer con las manos, que me pesan, que me estorban.
Disimulo rascándome acá y allá, pero ni necesidad hay de disimular porque todos aquí estamos en las mismas.
Trato de distraerme clavando los ojos en la alfombra y luego viendo el reloj de la pared como si el tiempo corriera más lento que el juicio de La Trocha.
Sorprendido, durante varios minutos intento hallar una explicación racional.
¿Intoxicación colectiva? ¿Fuga de gas? ¿Miedo a que nos “afeiten” la visa?
De pronto, una muchacha de figura iluminada con pinta inequívoca de “influencer” rompe el silencio de la sala.
Lo rompe con la desesperación de quien ha sido separada de su otra mitad existencial.
–¡No soporto más! ¡Mi celular, por favor!
Se lo gritó a la ventanilla vacía como si estuviera diciendo “¡Mi oxígeno, por favor!”, “¡Mi medicamento, por favor!”
Y entonces todo encajó a la perfección: las miradas vacías, los dedos inquietos, los paseos en círculos, los diálogos monosilábicos, la ansiedad colectiva, el desasosiego.
Antes de cruzar la línea hacia la sala de entrega de pasaportes, la seguridad de la embajada te prohíbe entrar con celular.
Y te quedás como si hubieras dejado el alma tirada en cualquier parte.
Porque sin una pantalla en la mano, nadie hoy sabe qué hacer.
Dejó de ser como antes cuando en la antesala del médico, el rezo al difunto o la fila en la carnicería uno hablaba y hasta intrigaba sobre lo divino y lo humano a carcajada limpia.
A diferencia del “Homo sapiens” que dominó el fuego, cruzó los océanos y plantó pie en la Luna, el “Homo celularis” camina ahora con la mirada fija en el aparato hacia un poste, tapia o alcantarilla abierta.
Tras millones de años de esfuerzo evolutivo para lograr el bipedismo y mirar hacia las estrellas, la especie parece haber encontrado finalmente su posición natural: cuello doblado a 45 grados y pulgar en movimiento continuo.
Con una columna vertebral ya no para sostener un cerebro pensante, sino un eje de transmisión visual hacia una pantalla rectangular de seis pulgadas.
Porque podemos pasar horas sin leer un libro, días sin hablar con el vecino y horas sin beber agua, pero apenas podemos sobrevivir unos minutos sin deslizar el condenado dedo sobre la pantalla.
Sin ella, perdemos la orientación, la noción del tiempo y parte de la identidad.
Ni siquiera nos nutrimos ya de calorías sino de “likes” y notificaciones.
Encima, cualquier pérdida de energía eléctrica o de señal satelital nos provoca hoy un estado de desesperación solo comparable al del destete prematuro.
De ahí la “nomophobia”, enfermedad del pánico absoluto a tener 1% de batería.
Y el síndrome del “phantom vibratus”, sensación de que el muslo te vibra cuando el aparato está sobre la mesa.
A como evolucionamos, el “Homo celularis” parece predestinado, anatómicamente, a tener con el tiempo ojos de calamar con pupilas cuadradas que encajen mejor con la pantalla.
Y joroba cervical premium; dedos índice y medio, separados en forma de pinza, o “mano de garra”, que llaman.
De ahí que, dentro de miles de años, a los arqueólogos no les costará reconocer nuestros esqueletos al verles la expresión permanente de alguien que está esperando un “like”.
El asunto es que, al final, mientras deambulábamos por la sala como astronautas desenchufados de la nave, los celulares disfrutaban felices y relajados de una hora completa sin seres humanos.