Del champán al gallinero

𝗗𝗲𝗹 𝗰𝗵𝗮𝗺𝗽á𝗻 𝗮𝗹 𝗴𝗮𝗹𝗹𝗶𝗻𝗲𝗿𝗼

Cuando yo era joven, un avión tenía dos clases: la primera, para el pasajero rico, y la turista, para el “arrancado”.

Hoy la vaina es distinta: por alguna razón inexplicable, el avión se ha vuelto más grande por dentro que por fuera.

En cuestión de medio siglo, su longitud aumentó entre 20% y 40%, pero el número de categorías de pasajeros aumentó un 4000%.

Es decir, donde antes cabían las tradicionales dos clases humanas, hoy caben veinte… y subiendo.

Vos comprás el boleto y descubrís que no adquiriste un asiento sino una identidad social.

Clase Economy Light, Economy Basic, Economy Basic Plus, Economy Smart, Economy Smart Flex, Economy Flex, Premiun Economy, Premium Economy Plus, Premium Premium Economy, Economy con Aspiraciones, Economy con Autoestima…

Pero como te lo dicen en inglés, te sentís importante así te manden a “Miseria Flex”.

Peor aún, entrás al avión y encontrás tres personas sentadas en la misma fila ocupando exactamente el mismo espacio en ruta hacia el mismo destino y la misma hora de aterrizaje.

Pero una pagó $250, la otra $340 y la tercera $435 con derecho al mismo maní.

Y al chiquito de atrás vaciándote el jugo en la cabeza, o el gordo de adelante con el asiento reclinado sobre tus rodillas.

La única diferencia es que dos de esas personas fueron estafadas, con especial creatividad, por el “sistema”.

Económicamente esto no tiene ninguna explicación, pues en mi tiempo los asientos se clasificaban según su comodidad y no como ahora… según el grado de humillación que uno esté dispuesto a financiar.

Pero la cosa no acaba ahí: aparecen también los servicios opcionales.

Querés equipaje, pagás. Querés escoger asiento, pagás. Querés abordar antes, pagás. Querés cambiar la fecha, pagás. Querés pensar en cambiar la fecha, pagás una tarifa administrativa por la intención.

Sospecho que esto apenas comienza porque algún día aparecerá la tarifa “Gallinero Executive” que no incluirá equipaje, comida, asiento y ni siquiera avión.

Dentro de esta sofisticación aérea, el equipaje no puede faltar.

La maleta ya no es equipaje sino bulto sospechoso, pues la aerolínea examina sus dimensiones con el rigor y la precisión de un físico nuclear.

Como tu bolso mide 39 centímetros y el límite es 38, cruzaste una frontera moral que te cuesta $30.

Y en medio de esto, un detalle precioso: antes las clases representaban diferencias reales.

Primera clase era otra cosa: asientos enormes, comida distinta, bebida refinada, servicio especial, aeromozas curvilíneas, champaña…Casi otro avión dentro del mismo.

Pero el gran invento moderno ha sido descubrir que se pueden crear castas sin necesidad de crear diferencias materiales: basta ponerles nombres.

O sea, el mismo asiento se convierte en cinco productos distintos únicamente porque alguien en una oficina decidió bautizarlo de cinco maneras distintas.

De ahí que la sociedad de castas aéreas actual sea tan interesante como laboratorio sociológico.

Adelante, los ciudadanos de primera; detrás, la clase media premium, más atrás, la clase media aspiracional; luego, los sobrevivientes económicos y al fondo, cerca de los baños, una categoría que las aerolíneas aún no se atreven a nombrar: “Corral Platinum”.

No incluye asiento reclinable, ni equipaje, ni prioridad, ni espacio para las piernas, pero incluye una pegatina iridiscente que dice “Platinum” y eso cuesta $14 más.

Increíble cómo una industria logró convertir un tubo de aluminio de treinta metros en el mayor tubo de ensayo de la condición humana.

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