República en celo

Esa tarde, el diputado Don Fogorón irrumpió en el plenario dejando tras de sí un tufillo a jabón de amores exprés.

Se dejó caer en su curul con una expresión sofocada, como si acabara de hallar el abracadabra capaz de resolver —o disolver— todos los problemas nacionales.

Catorce minutos después apareció la diputada Doña Fecunda, con el pelo húmedo y el rímel empozado en las comisuras.

—¡Moción de orden! —gritó alguien—. Pausa para saber qué diablos está pasando aquí.

El cuórum, que ya se preparaba para votar, se erizó.

Nada despierta tanto al legislativo como el olor fresco del chisme sin estrenar. Los congresistas exhibieron ese rictus ambiguo —mitad sonrisa, mitad mueca— que dice más que cualquier discurso de diez minutos.

“¿Será que a él no le alcanzan los cuatro milloncitos para un jaboncito cítrico… y menos crítico?”

“¿Será que a ella se le electrocutó la secadora por algún cortocircuito… inesperado?”

Nada sorprendente, en realidad, bajo este sol de sombras cómplices. Desde que el ser humano inventó la jerarquía, el sexo se volvió moneda, y el placer influencia.

Mi amigo Freud ya se lo había olido: el poder enciende la libido… y viceversa.

Y ahí están los ejemplos. Desde Cleopatra hasta Mónica Lewinsky, pasando por un Kennedy que fue tan carismático como ocupado sentimentalmente.

Selló debajo de las sábanas con Marilyn una alianza inédita entre la Casa Blanca y Hollywood. Y Clinton no se quedó atrás: transformó el Salón Oval en un laboratorio de “política aplicada”.

Quizá ambos inspirados por Marco Antonio, experto en convertir la república en alcoba imperial.

¿Y Costa Rica iba a ser la excepción en este trópico político tan querendón y regalón?

Por supuesto que no. En el plenario también laten pasiones al ritmo de timbres y votaciones.

Desde diputadas “Matahari” que confunden la “comisión de ética” con la “del banquero”, hasta encuentros con champaña donde se negocian mociones y se alborotan emociones.

Eros, ese dios travieso, tiene curul fija y llavín del café.

En los pasillos, Doña Lujuria seduce a Don Libido, congresista de verbo ardiente y principios elásticos. Él promete “revisar el proyecto a fondo”; ella sonríe: en política, todo fondo tiene precio.

Una mirada de la diputada Doña Afrodita basta para torcer el voto de media bancada. Y la eficiencia legislativa es tan creativa que los debates se trasladan a apartamentos y hoteles donde el patriotismo se discute en bata.

¿Escándalo? No, tradición.

El sexo, como el voto, siempre ha sido negociable.

En el Poder Judicial tampoco escampa. Eros se pasea mondísimo por pasillos y despachos, dictando sentencias entre magistrados sin toga, pero sí con toalla tras la batalla.

Los griegos lo sabían: Eros tenía más influencia en el Senado que cualquier lobista moderno.

De ahí que esta línea histórica de pasiones en los supremos poderes no mienta. Tuvimos un presidente que trancaba con picaporte la puerta del despacho cada vez que llegaba alguna ninfa de caderas rotar.

Otros repartieron embajadas del placer, contrataron asesoras por “méritos invisibles” o formaron redes discretas de consultoras boutique especializadas en convencer al oído lo que el plenario no tragaba.

Todo, claro, bajo el santo escudo de la institucionalidad.

Somos, pues, un país como todos: gobernado por el triángulo eterno —poder, sexo y dinero— porque, está escrito, el poder es el mayor afrodisíaco. Huele a vanidad, adrenalina y feromonas con membrete institucional.

Desde que Catalina la Grande convirtió el trono en catre imperial, el sexo se volvió tan político como el voto. Solo que ahora, en vez de catre, hay sofá… y en los casos más intensos, diván freudiano para explorar vidas pasadas… ninfómanas.

Mientras tanto, el pueblo observa. Cree estar viendo política, cuando en realidad asiste a una telenovela de pasiones con presupuesto estatal. Porque el amor en el poder no muere: se reelige.

Así transcurre nuestra república en celo: entre pasión y planilla, entre aplausos y suspiros.

Porque el sexo y el poder, como los políticos, nunca se jubilan: solo cambian de posición.

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