Mi medianoche findeañera

Hay tres formas de recibir el año: despatarrados a toda fiesta, bien arrepollados entre las cobijas, o desde la casa alucinados ante los fuegos artificiales.

La medianoche de los primeros es festejo sin protocolo; ritual divino en que el mundo se afloja la faja y se tira a pista.

Porque a las doce en punto, nadie piensa: el reloj impone y el cuerpo obedece.

Bulla, risas, copas, brindis y música a todo ritmo, volumen y meneo.

Se baila en medias, de puntillas, apambichao, justo en la frontera entre el ridículo y la felicidad, sin que nadie juzgue.

No sin sonrojo, los códigos, leyes y normas miran para el otro lado.

La medianoche de los que roncan y resoplan es distinta. Indiferente al tictac gregoriano, ese tiempo empacado en números.

Dormir es su forma de decir: mañana todo sigue igual.

Sin ver el año nuevo como una puerta solemne.

Prefieren el silencio absoluto, no para negar el momento, sino para quitarle fosforescencia.

No huyen del cambio, pero lo desactivan para no ser actores del teatro de las doce campanadas.

Por su parte, la medianoche de quienes contemplan desde la ventana el “hola y adiós” de los años, si bien deslumbrante, transcurre en voz baja.

No levantan copas, alborotan ni cuentan los segundos, pero tampoco ignoran el episodio.

Son los que entienden que el mundo está cambiando de página y deciden leerla en silencio.

Yo soy de los segundos, de los que se privan entre sueños a bordo de la flecha del tiempo.

 Sin fecha pero a toda mecha.

Sin embargo, sea que bailemos, durmamos o miremos el cielo en camisón desde la casa, es inevitable en todos nosotros un instante de reflexión.

De escaneo emocional, autoexamen, catarsis.

En una suerte de soledad compartida, millones de personas lo hacen a modo de balance íntimo de su yo.

Entrelazadas por un mismo haz de superstición infiltrado en el misterio de la vida.

Entre la nostalgia mirando atrás y la incertidumbre mirando al frente.

Los años idos funcionan como cajones de recuerdos que vamos estibando en el alma.

Yo ya voy por ocho tambaleantes hileras de diez y en ruta a la novena.

Los años por venir, en cambio, son el espacio previsto en el ropero del tiempo donde algún día se acomodará lo vivido.

Mientras tanto, el tiempo se ríe de nosotros porque en realidad nada cambia a las 12:00, pero actuamos como si cambiara.

 Y tras esa ficción compartida… la ilusión de empezar de nuevo.

Con una tenue alegría flotante que no arregla nada, no promete nada, no salva a nadie, pero acompaña.

Aunque al final se imponga la conciencia de no saber.

De ahí que a la medianoche todos seamos iguales ante la incógnita, sin ventaja para nadie frente a lo que viene.

Tan solo esa esperanza mínima: que duela menos, que sea indulgente, que tenga sentido.

Sin promesas grandilocuentes, bullaranga ni fuegos artificiales.

Tal vez eso sea lo único que realmente compartimos al cambiar de año: no saber qué vendrá y, aun así, darle al futuro el beneficio de la duda.

Como un acto humano de fe que, con las pintas de enero, quizá ya podremos barruntar.

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