Planeta Trump

Ante la moda actual de ponerle el apellido Trump a todo lo que respire, flote o facture, se me ocurre una idea.

Rebautizar la Tierra como “Planeta Trump” y listo.

Así todo queda cubierto, de una sola vez, sin la fatigosa tarea de renombrar cosa por cosa, ocurrencia por ocurrencia, delirio por delirio.

Institutos de paz, centros culturales, proyectos militares, aeropuertos, galerías de arte y demás altares globales.

Como golfos y estrechos, muros y estadios, cuentas y tarjetas de crédito.

Incluso esa armonía moderna de poner bajo una misma etiqueta la diplomacia y la artillería: el Instituto de la Paz Trump y los futuros “Acorazados clase Trump”.

Trump para la paz. Trump para la guerra.

Combo completo que, si no convence, disuade.

Y la cosa no se queda ahí.

Hay intentos de rebautizar aeropuertos, proyectos para estampar el nombre en infraestructura, productos y hasta en el aire entre escalas, pues la idea ya no es que usted viaje, sino que aterrice dentro de una marca.

La empresa detrás del fenómeno ha solicitado derechos para usar el nombre en casi todo: autobuses, paraguas, maletas, joyas, trajes de vuelo.

Debe faltar poco para que el clima también venga con logo: “hoy parcialmente nublado con posibilidades de que hasta las nubes tengan apellido”.

También el dinero coquetea con la idea: la firma Trump en los billetes de dólar no solo para circular y pagar sino, de paso, aplaudir.

Mientras tanto, el catálogo crece con hoteles, torres, campos de golf, vinos, universidades, plataformas digitales, aeronaves…

Más de quinientas entidades, algunas con el nombre completo, otras apenas con las iniciales, como si el mundo ya hubiera entrado en confianza.

Imagine que, a como va la vaina, a su barrio llegue pronto esta tendencia y la pulpería acabe llamándose “Trump Mini Market” o la soda se convierta en “Trump Casado Experience”.

Y que en el puerto usted se coma un “Trump Vigorón Extra-Strength” con precio en dólares y sin vuelto.

El bus que usted tome ya no dirá San José-Cartago sino “Trump Transit Línea 1”.

Uno no pide un gallo pinto, sino que solicita una sorpresa gastronómica con apellido.

Y si se le pierde el paraguas, no se preocupe pues, fijo, era marca registrada.

De ahí, entonces, mi propuesta original de llamar a la Tierra “Planeta Trump”: más simple, económica y menos rótulos, menos pintura, menos esfuerzo logístico.

Un solo letrero grande y ya; ahorro en brocha y en pudor.

Pero, viendo el ritmo de esta modalidad, me estoy quedando corto.

Con la Luna en planes de colonización y Marte en agenda empresarial, surge un pequeño problema de coherencia: no podemos permitir que esos cuerpos celestes queden sin marca.

Trump Moon. Trump Mars.

Y más aún: el universo, hasta hoy, ha vivido sin nombre propio, sin marca, flotando en el anonimato.

Todo un descuido administrativo imperdonable en tiempos de tanta eficiencia.

Propongo entonces, con la modestia que exige la grandeza, dar el paso que la historia parece reclamar: abandonar esa denominación genérica, casi descuidada, y adoptar una más acorde con los tiempos.

Porque, pensándolo bien, ¿qué es el universo sino un conjunto de cosas esperando nombre?

Y aquí ya tenemos uno listo para cerrar el círculo con elegancia y ahorro de tinta.

Eso sí, cuando todo tenga ese mismo apellido, ¡cuidado!…

Hasta uno puede amanecer siendo marca…sin haber cobrado un cinco.

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