Morir en muchas partes

No sé si a todo el mundo le pasa, pero a mí me ha dado por morirme en ciertos lugares sin previo aviso.

No de manera trágica con ambulancias, papeles, letanías, café y rosquillas, sino que uno simplemente deja de aparecer y ya.

Muertes limpias, sin desorden. Morí ahí cuando me fui a vivir a otro lado y punto, sin razón alguna para volver.

El lugar, muy educado, asume que el asunto quedó así.

El barrio siguió funcionando y yo también, cada uno por su lado. Todo correcto.

Hasta que, años después, por pura casualidad o por error del Waze existencial, vuelvo.

Y entonces ocurre lo absurdo: el muerto aparece.

El barrio no entra en pánico, no llama a nadie, no prende velas. Me reconoce con una exactitud inquietante: “Ah, era usted. Pensamos que no iba a volver”.

Camino por ahí y la sensación es rarísima: no estoy viendo el lugar, el lugar me está viendo a mí. Y no con mis ojos actuales, sino con todas las versiones mías que quedaron archivadas en el sitio.

La acera torcida, el palo de mango que sigue ahí como funcionario vitalicio, la pulpería que ya no existe pero insiste, el barrio que “se hace el maje” cuando uno vuelve.

Porque eso es lo que uno descubre tarde: cuando uno se va, no se lleva todo, siempre queda algo.

Entonces uno camina raro. No con los ojos, sino con los adentros, con todo lo que quedó guardado. Cada esquina abre un cajón, cada pared devuelve una huella suya.

Queda un yo joven, encargado de una esquina, de la esquina donde por las noches uno hablaba de futbol y amores con sus compas.

Otro yo joven cuidando una banca y uno más vigilando una ilusión que ya no existe, pero que nadie le notificó.

Recuerdos que se activan como sensor de movimiento, energías viejas que despiertan y dicen: “vean quién volvió”.

Yo me he muerto en varios barrios: Don Bosco, Hatillo Cuatro, San Pedro, Pavas, Curri…

Por eso caminar por esos lugares es como atravesar una convención de uno mismo, todos en distintas edades, todos convencidos de que siguen siendo el titular.

La ternura aparece ahí, sin avisar. No como tristeza, sino como esa sensación suave de saberse múltiple, de entender que uno no es una línea recta, sino un reguero de versiones que quedaron pegadas al mapa.

A ratos, la idea se vuelve francamente sospechosa: ¿y si de verdad me morí ahí? ¿Y si lo que anda ahora soy yo, pero actualizado, visitando desde otra dimensión?

Eso explicaría muchas cosas.

Explicaría por qué el barrio no me pregunta nada, por qué no me reclama, por qué simplemente me deja pasar como quien deja pasar a alguien que ya pagó su parte hace años.

Después me voy. Siempre me voy. Porque no se puede quedar uno donde ya murió. Eso lo sabe hasta el muerto.

El barrio no se ofende. Sigue con lo suyo. La pulpería ya no está, pero igual me despide. La acera torcida me reconoce sin alharaca. El palo de mango sigue ahí, como si nada, cumpliendo su horario.

El barrio vuelve a su rutina. Yo a la mía. Me voy con cuidado, como quien no quiere despertar a nadie.

Pero antes de irme del todo, hago lo responsable: por aquello,

dejo una parte mía sentada, viendo pasar la tarde.

Cuidando la esquina para que no digan que me morí del todo.

Porque si algo he aprendido con los años es que uno no se va completo de ningún lado.

Siguiente
Siguiente

Planeta Trump