No es mi culpa: ella empezó.

Lo juro por mi marcapasos emocional: yo iba por el supermercado con la inocencia que da mi edad avanzada –o eso creen– cuando apareció aquella criatura fabricada, evidentemente, en un laboratorio secreto de gimnasios.

Una muchacha de catálogo, músculos en 4K, pantaloncito de licra dibujado con la exactitud de un cartógrafo… y una seguridad que hacía parpadear las luces del pasillo de lácteos.

Y claro: ella sabe.

Sabe lo que tiene, sabe cómo se ve, sabe que dejó a medio súper con taquicardia grado tres. Pero en esta época uno ya no sabe cómo comportarse.

Si la miro, soy acosador. Si no la miro, soy gay. Si carraspeo, soy agresor. Si sonrío, soy sospechoso.

Si soy amable, soy un depredador en modo “gentleman”. Y si soy yo, de ochenta años, un viejito ardiente con la hormona en retirada pero el gusto intacto… entonces soy un peligro público en los dos sentidos.

Yo –80 años por fuera, 27 por dentro, pasión reencarnada– sólo quería comprar frijoles.

Pero en el pasillo tres apareció ella: luminosa, radiante, tonificada por decreto divino.

Y cuando eso sucede, mi espíritu se me subleva y me dice:

“Edguillar, acordate que vos no te jubilaste del buen gusto”.

Una mujer tan feroz que iluminó el sector de los lácteos con luz propia.

Porque sí, aceptémoslo: tan peligrosa puede ser ella para mí como yo para ella.

Una amenaza mutua.

Un empate técnico entre su explosión de juventud y mi combustión lenta pero perpetua.

Porque sí, en la cédula yo soy modelo 80.

Pero también tengo un fuego interno que no lo ha apagado ni el almanaque, ni los gobiernos, ni la lumbalgia.

Una mujer así no solo desafía las pupilas de un anciano…desafía sus arterias, su sistema nervioso, sus vértebras y su compostura cívica, carajo.

Lo hace víctima, pero también testigo de un arma de atracción masiva circulando libremente por el súper.

La licra que ella usa –esa que traza cañones, cordilleras y relieves que ni Google Earth se atreve a mapear– no solo son un reto para los jóvenes fortachones del gimnasio.

Son un peligro para la población geriátrica en general.

Las normas sociales dicen que debo mirar hacia otro lado.

Pero la biología –esa bribona que nunca se pensiona– me pide repetir la toma, aunque sea de reojo. No puedo. No debo. No quiero.

Porque vivir hoy es caminar sobre un campo minado de susceptibilidades: “leggings” que lo enseñan todo, tops que describen la topografía completa y códigos sociales que dictan que uno debe simular que no vio lo que medio planeta está viendo.

Y claro, ella dirá que se viste así para sí misma, por comodidad, empoderamiento y otros conceptos perfectamente legítimos.

Pero que no se haga la inocente: si uno de estos jóvenes gladiadores de gimnasio la mira, es halago; si la miro yo, abuela mía… llaman al OIJ.

Por eso necesitamos un Manual de Supervivencia Estético-Hormonal para Viejitos en Espacios Públicos, con reglas claras:

-Si la curva es de alto voltaje, mirar solo de manera filosófica, como quien observa una obra de arte… pero sin apreciarla demasiado porque ahí sí es delito.

-Si la prenda revela líneas anatómicas que antes solo conocían los ginecólogos, activar el Protocolo de Emergencia: contemplar fijamente los enlatados.

-Si la muchacha nota tu presencia, poner cara de “estaba buscando los frijoles molidos”.

-Si hay roce involuntario peleándonos el pan en la puerta del horno, aplicar la distancia reglamentaria espiritual, porque la física es imposible.

-Y si la tentación supera el autocontrol… rezar, respirar y recordar que la ambulancia para marcapasos solo llega en horario de oficina.

A propósito de rozar, si rozara por accidente a Miss Voluptuosa sería tragedia nacional.

Pero si ella rozara mis arterias octogenarias con una cadera sincronizada, ¡eso sí debería venir con instructivo médico!

¡Qué jodido! Así empezó nuestra tragedia contemporánea.

El cuerpo dice: “Don Edgar, camine con calma.”

La sociedad dice: “Don Edgar, no mire mucho.”

Porque si bien mirar sigue siendo natural, ahora es una conducta reglamentada, fiscalizada y sancionable.

Ese día, yo intenté ser responsable.

Porque yo no niego nada: mi interior de 27 años sigue ahí, vivito, coleando, listo para escaparse en cualquier descuido.

Pero cuidado: si yo represento un riesgo para la sociedad por mirar demasiado…ella representa un riesgo para mí por iluminar demasiado.

La verdad es que antes todo era más sencillo.

Uno se encontraba a una chica bonita en la parada del bus, nos mirábamos, sonreíamos, y con esa inocencia de pueblo podían nacer amores, hijos, nietos y hasta una suegra razonable.

Hoy, ese mismo intercambio visual sería suficiente para recibir un cursillo obligatorio de reeducación con certificado de buena conducta.

Pero aquí estoy, a mis 80 años numéricos y cero frenos internos, aceptando que el mundo cambió, que las reglas cambiaron, que los “leggins” cambiaron… pero yo, Edgar, sigo con la misma devoción estética de siempre.

Y mi conciencia, esa que nunca me traiciona, lo sabe mejor que nadie.

Fiel a mi sentido del humor, a mi fuego interior, a mis travesuras sexochenticidas.

Porque, en el fondo, cuando una de esas muchachas se me aparece, vestida como para competir en “Wellness” o “CrossFit”, uno murmura por dentro:

“No es mi culpa: ella empezó.”

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