A salto de mata

Hubo un tiempo en que uno salía de la casa con una llave, los pases del bus, el peine y una fe inocente en la humanidad.

Sin temor a estafas, noticias, “fake news”, asaltos en moto, “influencers” apocalípticos, “hackers” y TikToks prediciendo “un peor mañana”.

Caminabas al mercado sin pensar que el tomate podía ser artificial, que el carnicero te iba a meter gato por res…o que la señora de las empanadas las iba a freír con aceite reciclado del Paleolítico.

Es decir, uno trabajaba, comía, vivía y volvía a la casa sin la sensación de ser el protagonista de una película de suspenso barato.

Hoy, todo cambió. Desde que amanece vivimos en estado de vigilia permanente o “a salto de mata”.

“¿El número que me llamó a las 6:40 a.m. era del banco o de La Reforma?”

“¿El inspector que toca la puerta es de AYA o de la banda de El Diablo?”

Estamos más pendientes de las amenazas sobre nosotros que de disfrutarnos en paz el sagrado cafecito con gallo pinto y natilla.

De ahí que, antes de salir, recitemos como letanías la nueva liturgia de Autodefensa Preventiva:

–No contestar números desconocidos (es un estafador).

–No contestar números conocidos (puede ser un estafador disfrazado.

–No abrir correos del banco (no son del banco).

–No ver TikTok porque ahí te dicen que hoy colapsa la economía.

–No ver X porque ahí te aseguran que colapsó ayer.

Vivimos a diario el “cara o cruz” de nuestra existencia.

Cuando por fin salís con tu celu a la calle, entrás en “modo videojuego” versión MADISON:

–Sobrevivir al motociclista armado que te aparece de repente entre matorrales.

–Comprás un producto y si te sale malo, empieza el viacrucis: “vuelva mañana”, “no está el encargado”, “el sistemita está caído” …

–Entrás al banco y la cámara del techo te observa, el guarda te observa, la señora de atrás te observa.

–Vas al supermercado, ves una oferta y tu primer impulso no es alegrarte…es buscar la letra microscópica que dice: “Aplica solo en martes bisiesto, para personas llamadas Ezequiel, con luna llena y tarjeta del 2009.”

De ahí que hoy la gente no camina… se desliza con sospecha.

Mira el vuelto dos veces, lee todo tres veces, y duda hasta de su propio reflejo.

En realidad, no sale a la calle…sale como quien entra a una selva pero con tarjeta de crédito en vez de machete.

Con miedo, pero con wifi.

Y paranoicos, sí…pero con razón.

Porque en este mundo moderno, no es que uno sea desconfiado…es que el mundo ya se volvió demasiado creativo para jodernos.

La fila avanza en el banco o negocio y uno carga la sensación de estar en un programa de telerrealidad llamado “¿Me robarán la identidad?”

Decís la clave con la mano tapando el teclado como si fueras agente del Mossad.

Vas al cajero automático y asumís que se va a tragar tu tarjeta sin darte el dinero.

Ya ni a misa se puede ir en paz. Vas a iglesias donde lo espiritual compite con lo terrenal.

Rezás, sí.

Pero cuando pasa la colecta, tu cerebro ya está calculando si la cesta tiene QR integrado que registre quién dio y quién no.

Y si un angelito de porcelana te mira fijo, vos bajás la vista: “Este mae me quiere vender una rifa para el bingo parroquial.”

Ni siquiera en la casa estás seguro con tus aparatos electrónicos espiándote aunque estén apagados.

Le das tu número a una empresa y al día siguiente lo tienen

un banco, una funeraria, una iglesia, dos “call centers”,

y un señor que te quiere vender aire puro embotellado del Himalaya, pero cultivado en Alajuela.

Aceptás cookies, términos y condiciones con la resignación de quien firma un pacto con el diablo, pero sin leer la letra pequeña

porque igual no entendés nada y ya asumiste que tu alma está en la nube.

Te dicen: “Tranquilo, sus datos están seguros.”

Y automáticamente sentís que ya los subastaron en tres continentes.

Pedís algo por internet y comienza la aventura: el paquete viaja más que uno, pasa aduanas, países, dimensiones…pero cuando llega al barrio, se pierde misteriosamente como promesas de político.

Y si pedís comida, llega puntual…pero revuelta, despeinada y con crisis existencial:

El “tres leches” sobre la ensalada, la ensalada en la pizza y la salsa derramada como tu esperanza en el amor.

Descargás una aplicación y te pide acceso a la cámara, el micrófono, los contactos… y a tu alma inmortal.

Y vos solo querías ver el clima.

Y mientras tanto, uno con ese pensamiento recurrente:

“Soy yo el exagerado o la vida se convirtió en un ‘escape room’ permanente?”

Sí, estamos expuestos; sí, hay riesgos; sí, las noticias parecen escritas por guionistas de telenovela apocalíptica…pero también hay un margen de paranoia que te metieron a cucharadas los algoritmos.

Cada “reel”, cada titular, cada cadena de wasap te ajusta la ansiedad como si fuera un tornillo flojo.

A mí me pasa: antes de abrir un mensaje medio cariñoso, reviso dos veces que no sea un bot tratando de seducirme e incitarme al pecado de los amores descarriados.

Y así todo: llego al gimnasio con la buena intención de mejorar la salud, pero salgo con la psique arratonada…

Tras ver al mae enorme que levanta 120 kilos y yo haciendo “trencito” para llegar a la banqueta.

Al final, la gran ironía: todos creemos que somos los únicos que vivimos con el corazón en vilo, cuando en realidad medio país anda igualito, brincando sombras, sospechando del wifi y pensando que el de atrás en la fila del súper quiere robarnos la receta del pinto.

No obstante, entre tanta paranoia, hay algo tierno…

La humanidad sigue intentando vivir, reírse y sobrevivir…como yo ahorita mismo garrapateando esta columna.

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No es mi culpa: ella empezó.