Mis dos amantes

El día en que Pilar cumplió 70 años me dijo, mientras soplaba las velas de su torta chilena con la serenidad de quien ya domesticó al tiempo, una frase que me dejó viendo para el techo.

—Edgar, te doy permiso de que me cambiés por dos de 35.

Lo dijo sin solemnidad, sin música dramática de fondo, como quien pide que le pasen las pantuflas o le cierren la cortina.

Con Pilar hay que tener cuidado. Cuando parece generosa, en realidad está moviendo fichas en un ajedrez que yo juego como si fuera chapitas.

Yo, que soy lento para capturar ironías en pleno vuelo, no supe discernir en ese instante si lo de ella era un arrebato de esplendidez o una celada para que me fuera con todo.

—¿Estás segura?

—Totalmente –remachó a lo muy ella: diáfana, sincera, contundente.

—¿Y dentro de esa aritmética tienen que ser dos de 35 o pueden ser de otras edades que al final sumen los mismos 70? —le solté tirándomelas de romántico pop.

—Es cosa tuya. Y, bueno…también de ellas.

Y nos quedamos viendo, entre risas cómplices, aunque yo con tamaña brasa de mi lado.

Tras hacer un rápido escrutinio de su oferta, sentí que del todo el negocio no me servía.

Primero, porque mi sistema de conquista quedó archivado en la época de la miradita tímida, el papelito doblado en cuatro y la marcadita a las nueve en punto.

De la serenata detrás del matorral, del caballero entre guitarras insurgentes, de la adrenalina para saltarse la cerca con el suegro atrás y del apretón en El Versalles o el Jorón con piso resbaloso y ritmo jacarandoso.

¡Qué va, Edguillar!

Para intentar algo así con las dos de 35 tendría ahora que actualizarme con la IA a seductor versión 5.0.

Es decir, aprender de perfiles tipo Tinder o Bumble, usar fotos de abuelo “cool” con asomadita a vitrinas digitales donde todas sonríen al celular como si yo, sexochento y subiendo, fuera el premio mayor de una rifa existencial.

El problema no era el chat en sí sino el encuentro presencial: mis rodillas anunciando el clima, mi espalda crujiendo como puerta colonial y mi euforia intentando negociar con la biología, o sea, con estas “carnes”.

Porque las de 35 no esperan de mí abdominales “six pac”, ni reguetón sin fractura, ni serenatas a salto de mata, sino por videllamada con Bad Bunny en vez del Julio Jaramillo.

Me imaginé haciendo ejercicio toda la semana con énfasis en Tai Chi, porque si iba a rejuvenecer, que fuera con elegancia oriental, flotando hacia la cita con aire zen, aunque por dentro el corazón trotando sin receta médica.

Tendría, además, que renovar el clóset con ropa casual de moda, zapatos con pegue juvenil y un perfume con nombre en inglés que sonara a yate y brisa marina.

Y por supuesto, el corte de pelo adecuado a estos tiempos: costados rebajados, volumen arriba y un guiño futbolero de goleador europeo en sus mejores épocas.

Me vi incluso frente al espejo ensayando frases inteligentes, acomodándome el cuello de la camisa y calculando el ángulo de la sonrisa.

Y fue ahí donde entendí la segunda razón para declinar la oferta.

Pilar me estaba dando permiso para algo cuya esencia es, precisamente, lo prohibido, y cuando lo prohibido viene con autorización o como cheque en blanco, pierde magia, pierde poder de fuego.

Después de repasarle en voz alta a ella el esfuerzo físico, tecnológico y logístico que implicarían esas dos chicas de 35, la verdad cayó con una claridad fulminante.

Después de todo lo vivido, de las tormentas atravesadas, de las discusiones y las reconciliaciones, de la familia construida, de las risas compartidas y de las derrotas superadas en medio siglo de matrimonio… la edad idónea para mí no es 35, ni 45, ni 55.

La edad perfecta para mí son los 70 de Pilar.

Esos 70 que conocen mis defectos y aun así se ríen, esos 70 que me dieron permiso sabiendo que no lo necesitaba, esos 70 que han caminado conmigo lo suficiente como para saber que el verdadero vértigo no está en empezar de nuevo, sino en sostener lo que vale.

Así que no, no acepté el canje.

Porque hay ofertas que parecen tentadoras… hasta que uno recuerda lo que ya tiene.

Y a estas alturas, yo ya no estoy para esos trotes, mucho menos para cambiar historia por aritmética.

Las dos de 35 podrían completar la cifra, pero solo los 70 de Pilar completan mi vida.

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