Bendito sea nuestro pueblo

Hay momentos en la historia en que la prensa ilumina el camino, y hay otros en que se convierte en sombra.

Si algo nos ha enseñado este primer cuarto del siglo XXI en Costa Rica es que incluso las instituciones más nobles pueden extraviarse cuando olvidan a quién deben servir.

Desde 1833, cuando empezaron a imprimirse los primeros periódicos en el país, la prensa costarricense ha vivido tensiones, excesos, valientes rebeldías y silencios incómodos. Pero difícilmente ha atravesado una crisis de credibilidad tan profunda como la actual.

La relación entre política, poder económico y medios de comunicación nunca ha sido inocente. Esa danza viene de lejos. Sin embargo, durante décadas sobrevivieron periodistas que, aun dentro de estructuras imperfectas, defendieron la libertad de prensa como si fuera un templo civil.

Hoy el ciudadano percibe algo distinto. Percibe alineamientos, silencios selectivos, énfasis quirúrgicos. Percibe que la frontera entre información, opinión y negocio se volvió borrosa. Y cuando esa frontera se desdibuja, lo que se erosiona no es un gobierno ni una figura política, sino la confianza pública.

La historia nos recuerda que los pueblos no son espectadores eternos. En 1919, hartos de la dictadura de Federico Tinoco, ciudadanos incendiaron el periódico oficialista La Información, símbolo de un aparato propagandístico que asfixiaba libertades. No fue solo un acto contra un medio: fue un grito contra la complicidad.

Un siglo después, el ciudadano no necesita fuego. Necesita urnas. Y vota.

En 2022, una mayoría decidió romper con lo que percibía como una estructura cerrada, una especie de institucionalidad autoprotegida.

Más allá de simpatías o antipatías hacia el presidente Rodrigo Chaves, el mensaje fue claro: cuando la prensa no logra representar el espíritu crítico del ciudadano, este toma la palabra por cuenta propia.

El 1 de febrero reciente volvió a enviar una señal contundente.

No necesariamente a favor de una persona, sino en contra de lo que muchos perciben como una “casta” política y mediática desconectada del país real.

El problema de fondo no es apoyar o adversar a un gobierno. La democracia necesita prensa incómoda, fiscalizadora, implacable cuando haga falta. Lo que no puede permitirse es una prensa que confunda fiscalización con militancia, ni independencia con conveniencia.

Ignorar conferencias, amplificar errores y minimizar aciertos, o mezclar intereses comerciales con cobertura informativa, no daña a un presidente. Daña al ciudadano que depende de información rigurosa para tomar decisiones libres.

La prensa no está llamada a idolatrar a nadie. Está llamada a informar con precisión y separar con claridad el dato de la opinión. Puede oponerse editorialmente a un gobierno, y debe hacerlo si así lo considera. Pero en la sección informativa su lealtad no es con un partido ni con una élite económica. Es con la verdad verificable y con el lector.

Si la prensa falla, el pueblo corrige. Esa es la gran lección.

Costa Rica ha demostrado que su ciudadanía no es pasiva ni ingenua. Puede equivocarse, como cualquier sociedad, pero no renuncia a su derecho a decidir. Y ese músculo cívico, cuando se activa, se convierte en el verdadero contrapeso.

Ojalá los medios tradicionales lean este momento no como una derrota, sino como una oportunidad de reencontrarse con su misión original. No se trata de aplaudir al poder. Se trata de servir al ciudadano.

Porque, al final, cuando las instituciones titubean, siempre queda algo más firme: un pueblo que recuerda que la democracia no es herencia, es ejercicio diario.

Y eso, nos guste o no, es una bendición.

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