Café y rosquillas… con sabor a mundo
Si quieren cafecito, sírvanse. Y pasen las rosquillas, porfa, antes de que desaparezcan, pues esta conversación nos va a tocar la yugular de la existencia.
Vieran que el otro día me quedé pensando en algo que siempre me ha intrigado cuando miro la historia con un poco de distancia.
¿Por qué la humanidad parece moverse por oleajes en vez de caminar en línea recta?
Avanza un tiempo con cierta calma, inventa cosas maravillosas, se civiliza un poco… y de pronto viene una enorme ola: guerras, crisis, imperios que suben, imperios que caen, ideas que se enfrentan, sociedades que se desordenan.
Después el mar recula y vuelve a tranquilizarse hasta la siguiente marejada.
Si uno echa para atrás la “carrucha” del tiempo, la escena se repite.
Aparecen civilizaciones brillantes en Mesopotamia, inventan la escritura, las leyes y las ciudades como si fueran el comienzo definitivo del orden humano… hasta que todo se desvanece entre invasiones, colapsos y siglos de turbulencia.
Grecia descubre la filosofía, la razón y el arte de preguntarse por el mundo, pero, acto seguido, se desgasta en peleas internas entre ciudades vecinas.
Roma organiza medio planeta con códigos, caminos y administración… hasta que, de nuevo, su propio peso termina socavando y desmoronando el imperio.
Luego Europa. ¡Ay, Europa! Se sume en siglos difíciles y, de súbito aparece el Renacimiento.
Con la invención de la imprenta de Gutenberg el conocimiento empieza a circular, la Biblia a salir de su jaula celestial, las ideas a volar y la curiosidad científica a despertar en un mundo que, otra vez, parece abrirse y florecer.
Pero el mar de la historia vuelve a agitarse con guerras religiosas, persecuciones y luchas de poder.
Más adelante, ¡guau!, llegan la ciencia moderna, la revolución industrial, la electricidad y los ferrocarriles haciéndonos creer que la humanidad entra, por fin, en la edad adulta dispuesta a sentar cabeza.
Hasta que el siglo XX nos recuerda el mar turbulento que somos con dos nuevos tsunamis devastadores: las guerras mundiales.
Pasadas ambas guerras con un saldo superior a los 100 millones de víctimas, la humanidad intenta organizarse mejor e inventa las Naciones Unidas, acuerdos internacionales, instituciones globales y la promesa solemne de que no repetiremos semejante cataclismo.
Todo bajo el lema de que, de ahora en adelante, al menos primero conversemos antes de disparar.
Mientras tanto, la ciencia sigue su propio vuelo enviando sondas como la Voyager 1 más allá del sistema solar, estudiando galaxias a miles de millones de años luz y desentrañando partículas invisibles.
Además, metiéndole candela a la computación cuántica y a la inteligencia artificial como si estuviéramos a punto de juntar el hambre con las ganas de comer.
Es decir, un mundo tecnológicamente tocando el cielo.
Pero uno prende el televisor y sospecha que el mar humano vuelve a agitarse con muchos egos estremeciendo las aguas existenciales.
Por aquí, un líder sofocado alborotando el avispero mundial; por allá otro recordando que los imperios nunca se jubilan del todo, y acullá, otro atrapado en un conflicto milenario.
¿Síntomas de un nuevo oleaje de la historia con su misma vorágine de histeria colectiva y destrucción?
Inevitable preguntarse entonces: ¿qué nos pasa, carajo?
¿Es que la especie humana no aprende…o aprende y luego se le olvida?
Quizá la respuesta nos la insinúe el famoso astrónomo Carl Sagan quien, con cierta poesía científica, decía que los átomos de nuestro cuerpo nacieron en antiguas explosiones de estrellas.
Los mismos átomos que, al cabo de miles de millones de años, terminaron convertidos en huesos, sangre y neuronas.
O sea, en criaturas que toman café con rosquillas como nosotros en este instante y se preguntan dónde estamos parados.
De otra manera no se explica uno una especie capaz de descubrir galaxias infinitas y, al mismo tiempo, tropezar con las mismas piedras de siempre.
Tal vez por eso, desde la noche de los tiempos, mira tanto al cielo imaginando dioses, paraísos, apocalipsis e inmortalidades.
Tal vez por eso viva entre la lucidez y la confusión, la creatividad y el conflicto, la fe y el perjurio.
En fin.
Resignémonos a aceptar que la historia humana se parece bastante al mar con sus oleajes tranquilos y oleajes bravos.
Con nosotros, entre tanto, en la barca de la Tierra navegando a merced de sus imponderables.
Sírvanse, por favor, más café y rosquillas porque todo parece indicar que el oleaje continuará mañana.