Es Navidad: ¡felices chunches!

La Navidad moderna dejó de ser la del Niño Dios para convertirse en la del Niño Chunche.

En la de las compras frenéticas que se meten y apretujan en una casa donde ya no cabe ni el espíritu santo amén.

Ahorita mismo los “malls” están a reventar: explota el parqueo, explotan los pasillos, explotan las tarjetas.

El ser humano navideño en su hábitat natural… empujando bolsas, cargando paquetes, acumulando cajas.

Probándose las nuevas chanclas, enjaranándose con el nuevo tele Alpha 11, migrando a calzoncillos “boxer-slip”, regateando por la vajilla desechable como si fuera tesoro prehistórico.

Gente con cuatro bultos en cada mano, media familia colgando del antebrazo y la mirada perdida del que lleva horas buscando un regalo “original”.

Porque antes, cuando los hogares eran modestos, regalar era un acto heroico: el suéter se agradecía, la toalla se usaba, la vajilla se estrenaba.

Hoy no.

Regalar hoy es un lío, pues ya nadie necesita nada.

Antes uno regalaba porque el otro no tenía.

Hoy uno regala porque no sabe qué hacer con la tradición.

Hay tantas cosas que lo verdaderamente difícil es encontrar algo que alguien no tenga…o peor, que quiera.

De ahí que algunos regalen placer, tipo galletas con posturas del Kamasutra, chocolates afrodisiacos, agendas eróticas…

Que se comen y ya. (Agenda incluida).

O regalen vivencias, tipo invitación al concierto, masaje spa, cena opípara o viaje al campo.

Este mundo moderno nos dejó sin margen de maniobra porque si no regalás es pecado, y si regalás mal es herejía.

Entonces la gente compra por salir del paso.

¿Resultado? Una Navidad llena de buenas intenciones, sí, pero de puros chunches.

El regalo deja de ser un gesto para convertirse en riesgo social.

Regalás un perfume y te volvés sospechoso.

Antes, era elegante. Hoy es toda una interrogante: ¿Y por qué este olor? ¿Qué me está insinuando? ¿Huelo raro? ¿De dónde salió?

Si es contrabandeado, peor: despierta instintos policiales. “¿Y este regalo cuántos delitos trae incluidos?”

Regalar crema, menos. Casi un insulto, pues ahora son demasiado íntimas o personales.

“¿Y qué te hace pensar que mi piel quiere esto? ¿Tan vieja me ves? ¿Qué sabés vos nada de mi colágeno?”

Ropa…ni hablar. La gente está tan refinada, tan marca-dependiente, que regalar una prenda cualquiera bien podría dar pie a un “salacuartazo”.

Regalás una camisa al chico y una falda a la chica y… como no guste, no combine y no inspire, se integra al ecosistema chunchil de la casa.

En síntesis, toda una odisea buscar un regalo original, útil, no repetido, no sospechoso, no reciclado, no ofensivo, no tóxico, no beige, no nada.

Y si regalás algo pequeñito y bien mono, como una velita, una figura, un duendecito… tampoco.

Catastrófico para una casa donde lo único que sale es el espacio.

Por la costumbre tan tica de acumular cosas inútiles bajo tres pretextos:

–“No sirve, pero está bueno”, “No lo uso, pero está nuevo”, “No cabe, pero se acomoda”.

Cada cosa que entra sobrevive más que el mismo matrimonio.

Vaya usted, lector, a su cuarto de pilas y verá:

Ahí están la licuadora mala, la aspiradora coja, los celulares muertos, la caja de cables misteriosos que nadie se atreve a tirar “por si acaso” …

Ahí está la lámpara que ya no alumbra, pero todavía tiene presencia escénica, y ese comal todo escarapelado que usted sabe que no sirve…pero ahí está.

Somos como ardillas tropicales, acumuladoras compulsivas, salvo que a las ardillas no les da vergüenza admitirlo.

Pareciera que todo eso que nos sobra define nuestra esencia.

Regalos, incluso, mutantes que se reciclan socialmente pasando de mano en mano, de Navidad en Navidad, hasta que un día regresan al dueño original, envueltos con cariño y recibidos con un sincero:

“¡Qué lindo! ¿Quién me lo habrá dado?”

Y mientras tanto, el planeta tiembla. Porque este nivel de acumulación no es sostenible.

De seguir así, regalar en la Navidad 2050 será un delito de contaminación doméstica castigado por divino decreto de la ONU:

“Queda estrictamente prohibido regalar cualquier objeto físico. El planeta está lleno”.

Y es lógico. Porque en un mundo donde todos lo tienen todo y ya no cabe un chunche más, tal vez la Navidad de verdad será volver a lo esencial…

Al abrazo, que no ocupa repisa; al beso, que no necesita factura; a la ternura, que no requiere tarjeta de crédito; a la paz que no ocupa bodega.

Es decir, a lo verdaderamente valioso que llena el alma, no la casa.

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