“Lo más seguro es que quién sabe”
Hay pueblos que se definen por una gesta heroica, una catástrofe épica o un manifiesto revolucionario.
Nosotros, en cambio, nos definimos por una frase que parece salida de un sabio tropical después del segundo trago:
“Lo más seguro es que quién sabe”.
Con ella no se ganan batallas, pero sí se esquivan compromisos con una elegancia de felino perezoso.
Porque el tico vive en ese filo encantador entre el “tal vez” y el “mejor no”, esa zona tibia donde la vida se siente cómoda y no peligra.
Es un equilibrio perfecto: jamás nos tiramos al agua, pero desde la orilla hacemos análisis profundos sobre la temperatura, la corriente, el oleaje y, por supuesto, la posibilidad de que nos dé un resfrío moral.
¿Y por qué somos así?
Porque, carajo, “poner el huevo asusta”.
No por falta de ganas, sino porque en la incubadora del orgullo tico no cabe “pelársela”.
Fallarle a alguien —o peor, fallarnos a nosotros mismos— es un lujo que preferimos evitar.
Ya decía la abuela: “mejor no hacerlo que hacerlo mal”.
Un lema nacional disfrazado de modestia, pero cargado de amor propio impermeable.
El tico, antes de decidir, se somete a un ritual secreto de evasión suave…
Un “ahorita”, dos “puede ser”, un “veamos”, un “yo le aviso”, y, si la cosa se complica, el comodín supremo:
“Lo más seguro es que quién sabe”.
Con razón nuestro sello mundial de “los más felices”, del “puravida”.
Ahí se diluye toda responsabilidad con un encanto casi erótico.
Porque, seamos honestos, tenemos algo de poetas de la duda.
Nos fascina la posibilidad abierta, el camino que no se toma, el plan que se deja en el aire para poder contarlo sin haberlo vivido.
Somos maestros de la suspensión, expertos en vivir “como quien no quiere la cosa”, artesanos del “quedar bien sin quedar amarrado”.
Y, aun así, hay en ese titubeo un perfume inesperado, una ternura traviesa.
No es cobardía pura.
Es una forma de humor existencial, una forma de protegernos del ridículo sin renunciar a la ilusión.
Somos, al fin y al cabo, ese pueblo que prefiere dar un paso lateral antes que tropezar de frente.
Un pueblo que muerde quedito, que duda bonito, que se complica con gracia.
Pero, en ese juego de malabarismo emocional, en esa indecisión perfumada, también está nuestro encanto.
Porque entre tantas vueltas, remolinos y “quién sabe”, logramos salir adelante sin grandes estragos.
A nuestra manera.
Con una sonrisa media culpable y un humor que nos salva del colapso.
Quizá algún día pongamos el huevo con solemnidad.
Pero mientras tanto, seguiremos viviendo entre el “sí”, el “no” y ese espacio místico donde somos verdaderamente nosotros:
Lo más seguro es que quién sabe.