Manual de mi yo estafado
Paso hoy aquí por la inmensa dicha de anunciarles que he contraído una nueva enfermedad.
Todavía no le he puesto nombre definitivo, pero estoy por llamarla Síndrome del Zapallo Paranoico
Me da cada vez que intento comprar algo.
Como la naturaleza del comerciante es sacarle a uno el cinco, y la de uno, rendirlo, antes de comprar escaneo ahora el producto al milímetro.
Lo examino, tanteo, comparo y hasta desplumo con lupa de relojero hasta llegar a su costo real.
Toda esta patología se me disparó al descubrir una misma bandeja de zapallos con tres precios muy sospechosos.
El del Automercado ¢3.700, el de Tierra Bendita ¢1.350 y el del chino de la esquina ¢900.
Tratando de explicarme tan abismales diferencias, hice las siguientes deducciones:
En el Automercado es más cara porque te ponen música instrumental de fondo, tipo “lounge”, como si estuvieras en el VIP del aeropuerto.
En Tierra Bendita vale menos porque lo que te ofrecen es un “mix” de cumbia pirateada con reguetón algo “flow”.
Y donde el chino es todavía más barato porque del todo te dejan “sin son”, dicho en mandarín pin pin.
Me pasa algo parecido con los aguacates.
El kilo en el Automercado, ambientado con sax de Fausto Papetti, está a veces en ¢5.200.
En Tierra Bendita, con sus acostumbrados ritmos “perreables”, en ¢3.750.
Y comprados a mi buen amigo Edgar Silva, quien ni toca sax ni cumbiambea pero silba, en ¢2.500 puestos en mi casa.
Sin ninguna mezquindad, he de reconocer que son tan pegajozos los ritmos en Tierra Bendita que a uno no le importa pagar un poco más por la verdura.
Tan movidos que, entre los tacacos y el ñampí, la coliflor y el rábano, inconscientemente los clientes nos desplazamos de estante a estante en “modo perreo”, un plus que no se consigue en ninguna otra verdulería.
Tanto así que todos proseguimos cadereando en automático aun en la fila de la caja.
¿Dónde se ha visto semejante alegría a la hora de pagar tan caro?
Porque si de algo tenemos que cuidarnos es de la terrible trilogía PIV (Productor-Intermediario-Vendedor).
¿Mi secreto para sortearla?
Contratacar haciéndole al producto la autopsia contable mediante el siguiente procedimiento forense:
Investigo la etiqueta con microscopio, comparo códigos de barra y mido los gramos reales del “paquete de 250g” que pesa 198g.
Luego, calculo flete, seguro y ganancia de todas las etapas de mercadeo para, al final, deducir la codicia, el empaque bonito y la sonrisa burlona del supermercado.
Sin dejar afuera, por supuesto, el aire y papel de la envoltura o bolsa que ahora también te cobran.
Finalmente, enfrento a la cajera:
–¿Por qué esta botella de agua vale tanto si el litro de gasolina cuesta menos?
Me mira como se mira a los locos inofensivos, pero yo sigo, porque mi locura tiene método.
Si el agricultor vende el kilo de tomate en ¢900 y el súper en ¢3.000, alguien en el medio está viviendo en una mansión con piscina de kétchup.
¿Se dan cuenta entonces de por qué me he vuelto paranoico?
No paranoico de los que oyen voces o ven visiones, sino de los que escuchan el sonido del dinero escapándose a chorros del bolsillo.
Paranoico de los que no pueden comprar pan sin calcular el costo del aire entre las rebanadas y la velocidad de crecimiento por segundo de la levadura.
Y aunque hacer el pan en casa me salía más barato, lo que al final me ahorré en súper me lo gané en panza.
Más el “ozempic” inyectable para bajarla…quedé en la tusa.
En los restaurantes la ensalada César se cotiza entre ¢10 mil y ¢15 mil.
¿Por qué, si una lechuga entera cuesta ¢200, las migajas de pollo que te echan ¢400 y las partículas microscópicas de parmesano ¢150?
El resto debe ser el costo de sentarte bajo una lámpara con bombillo Edison, frente a un Renoir o al lado de “La Venus del espejo”.
Por eso, hoy vivo un nuevo estado de conciencia: el voto de castidad consumista.
Sencillamente ya no compro, ni comparo, ni confío.
Mientras el mundo sigue corriendo detrás de ofertas falsas y etiquetas aspiracionales, yo cultivo mi paranoia con orgullo desde mi trinchera de austeridad.
Porque en esta economía inflada, donde todos sabemos que nos están robando y aun así aplaudimos la estafa, la única resistencia posible es el delirio.
Al fin y al cabo, la paranoia –esa bendita sospecha– es el último lujo que todavía puedo pagar.