Hallan sustituto del ser humano

Tras 300 mil años de prueba y horror, perdón, error, la Madre Naturaleza parece haber llegado a la conclusión de que la humanidad ya “jugó”.

Visiblemente indispuesta, entró al despacho de su hija Doña Vida y, sin siquiera sentarse, lanzó sobre el escritorio un expediente cuyo título gritaba: “Homo sapiens”.

–¡No más; hasta aquí llegamos! –exclamó.

Doña Vida se reacomodó en el asiento, se ajustó las gafas, la miró y le dijo con voz de rutina administrativa:

–¿Otra vez los humanos?

–¿Otra vez? ¡Siempre los humanos!

Más que molesta, Doña Vida la sintió decepcionada.

–Les di océanos, bosques, arrecifes, mariposas, atardeceres… ¿Y qué hicieron?

–¿Qué hicieron?

–La última auditoria lo dice todo: guerras, fanatismos, egos, destrucción ambiental, genocidios, arsenales nucleares, redes sociales…

–Madre, no podemos sacar conclusiones tan a la ligera.

–¿Tan a la ligera? ¡Carajo, llevamos cuatro mil millones de años en la Tierra y…!

Doña Vida masculló para sus adentros:

“Jaja…mi edad y yo aún sin vacaciones”.

–No veo otra solución: extinguir de cuajo a los humanos y chao –sentenció la Madre Naturaleza.

–Bueno…de por sí solitos se están aniquilando– remató Doña Vida.

–Lo mismo pasó con los dinosaurios, trilobites y mamuts; por cierto, todos ellos muy buena gente, pero este tal Homo sapiens… ¡Socorro!

Doña Vida, con sus lentes otra vez en la punta de la nariz, bata blanca de laboratorio evolutivo y semblante estoico, medió:

–Analicemos, revisemos mutaciones, hagamos nuevas pruebas.

–“Hagamos” suena a salida a estadio, mija. Vos encargate que yo me cansé ya del humano.

Y así, sumergida bajo montañas de folios, millones de mutaciones, pipetas, microscopios y cuatro mil millones de años, Doña Vida intenta varias fórmulas salvavidas.

Una, la del “parche biológico” para acabar con la codicia y el odio, pero por cada una que elimina, aparecen dos o tres nuevas barbaridades.

Otra, la de “reiniciar” al humano volviendo al caldo primigenio, pero le tomaría otros cuatro mil millones de años y ya ella no está para esos trotes.

Y, por último, la opción de crear un ser luminiscente en estado de conciencia pura y meditación profunda, pero tampoco: le parece un desperdicio que ni un “fuetazo” se pueda disfrutar.

Frustrada al igual que su madre, Doña Vida decide entonces cerrar el chinamo y ya, pero justo cuando apaga monitores y guarda tubos de ensayo, observa algo extraño en las fichas biogenéticas.

Sigilosa, se acerca, revisa análisis, revuelca el expediente, lee la etiqueta y se queda inmóvil.

Descubre un ser curioso, atípico, que no quiere conquistar el mundo, ni salvarlo, ni reorganizarlo, ni imponerle nada a nadie; simplemente quiere vivir, reír, pasarla bien, comer algo rico y enamorarse cada quince minutos.

No construye misiles hipersónicos, no declara guerras religiosas, no fabrica arsenales, no discute con odio ni rencor.

Relajado, llega tarde a todo, no es un santo, promete llamar y a veces no llama, contador de chistes y bueno para colarse en las fiestas ajenas.

Sin ínfulas de grandeza, no quiere pasar a la historia ni vive de la especulación financiera; lo suyo es hallar una hamaca frente al mar para contemplar una puesta de sol.

Doña Vida, eufórica, se pregunta a sí misma:

“¿Cómo es posible que este modelo produzca tanta felicidad con tan pocos recursos?”

Y al leer por primera vez el nombre del nuevo ser, vuela hacia el despacho de su madre, entra y tira también el expediente sobre la mesa.

–¿Y bien? –la recibe, escéptica, la Madre Naturaleza.

–Creo que encontré lo que buscábamos.

–¿Homo sapiens 2?

–No.

–¿Conciencia energética?

–No.

–¿Seres de luz?

–Tampoco.

Doña Vida gira lentamente el expediente, lo levanta y en la portada, a toda letra, le muestra el nombre:

¡Mae sapiens!

–¡Lo que necesitamos! –festeja Doña Vida.

–¡Anja! ¿Y cuáles son sus superpoderes?

–Ninguno.

–¿Entonces?

–Es feliz.

La Madre Naturaleza ojea el documento, se rasca la cabeza y asiente:

–¡Pura vida!

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