Espantando a la ñata
Desde que uno cumple 80 ya no envejece: entra en estado telúrico existencial.
En modo sirena de ambulancia. De pitidos de monitor.
Cualquier punzadita es sospechosa, cualquier estornudo es un ensayo general del velorio y cualquier retortijón…un timbrazo urgente del más allá.
Así ando yo ahora: más que enfrentando a la pelona, confundiéndola.
En mí, la vida deja de ser una rutina para convertirse en un escaneo sísmico de órganos.
El calambre en la pierna era antes falta de potasio; ahora, primer espasmo del adiós.
Un cosquilleo en la nariz ya no es alergia, es correspondencia oficial del inframundo.
Un tirón en la espalda ya no es mala postura, es la calaca probando la cerradura.
Y yo, que no nací ayer, me pongo más vivo que nunca.
Por eso, a mis 80 yo no camino: patrullo.
Desde buena mañana, no bien despierto, hago inventario:
– ¿Todo sigue en su sitio?
– ¿Algún órgano renunció durante la noche?
Mejor aún si te duele algo: estás vivo.
Le converso al hígado como diputado en campaña.
Porque ahora el cuerpo no envejece: se sindicaliza.
Y cada órgano quiere jubilarse a su hora sin respetar el contrato.
Las pastillas hoy son ruleta rusa con sabor a menta:
La de dormir me despierta, la de la presión me sube los pensamientos, y la de la memoria…se me olvida tomarla.
Si las tomo, me intoxico. Si no las tomo, me muero. Entonces hago lo más sensato: leo el prospecto con actitud filosófica.
O sea, son como las amantes: unas prometen, otras joden, y la mayoría tiene efectos secundarios emocionales.
Las mujeres siguen hermosas, claro…lo único es que ahora
las miro con desfibrilador imaginario.
Antes uno suspiraba. Ahora uno calcula:
–¿Este suspiro será romántico o viene con cargo cardíaco adicional?
Porque una pasión muy súbita a esta edad no es romántica: es una ruleta biológica.
Aun así, me arriesgo…. Pero despacito, con protocolo.
Lo mío ya no es incendio…es brasita supervisada.
Por la calle mirás con deseo, pero con cronómetro cardiológico.
Un beso muy largo: ¿romance o RCP?
Un abrazo intenso: “más despacio, nena…que no estoy en versión deluxe.”
A los 30 uno teme el rechazo, a los 80, teme sobrevivirlo.
La muerte anda cerca, sí…pero no se ha fijado que yo soy tropical.
Porque sudo ron, visto pintón, sueño con mar y camino con picardía.
Y he decidido hacerle la vida tan difícil que se aburra de perseguirme.
Ando siempre termómetro, oxímetro, tensiómetro, glucómetro…por si acaso.
Cambio rutas, cambio horas, le miento a mi médico y a veces me hago el muerto para que pierda costumbre.
Uso medias diferentes cada día para hacerla dudar.
Espío cada síntoma como a un enemigo infiltrado.
Sé que la pelona anda en modo sigilo, majándome los talones.
Por eso camino en zigzag por si anda siguiendo mi línea vital.
La despisto jugando fut aunque corra como refrigeradora con asma.
Ella ve movimiento y piensa que es una escena deportiva, no una despedida.
Le hablo al espejo: “Salado, hoy no hay servicio de defunciones, vuelva mañana.”
Cambio mi rutina para desconcertarla: nunca a la misma cafetería, peluquería ni supermercado.
Uso tenis juveniles, recibo yoga para adolescentes, nunca hablo del pasado.
Jamás rezo, camino entre niños, juego padel, saco pecho.
Jamás uso bufanda, ni medias de lana, ni abrigo. Eso es uniforme funerario europeo. Yo soy puravida, alma libre, desvergüenza.
Además, enamoro, como arma letal de distracción masiva.
Porque la muerte no se atreve a interrumpir un coqueteo en pleno acto poético. Tiene código. Tiene pudor.
Claro, no voy a mentir. En el fondo, cuando nadie me ve, cuando se apagan los ruidos y el silencio me sopla frío en la nuca…sí, me da miedo.
Pero no ese miedo arrodillado…No. Me da ese miedo orgulloso, ese miedo que se peina, se perfuma, se pone camisa de presumir y sale igual.
Porque si voy a irme algún día, que no sea como un trapo doblado, sino como un viejo tropical que se estaba riendo cuando vinieron a buscarlo.
Y no es que yo le tema a la muerte…es que le hago competencia.
La muy viva recurre a todo: me deja vistas en wasap, me respira cerquita pero nunca se decide, me manda incluso notificaciones ambiguas:
“Estamos intentando comunicarnos con usted…”
Ella quiere entrar…pero la recibo con trabas burocráticas.
Porque la pelona no avisa, solo tantea la puerta.
Insisto: no es que yo le tenga miedo a la muerte. No. Es que ella no sabe con quién se metió.
“No voy a morir…voy a agotarle la paciencia a la muerte”.
Que se vaya a buscar a otro. A mí me agarró organizado.
Pienso llegar viejo, pero viejo con “swing”, viejo con sonrisa, viejo con picardía.
Y cuando la pelona logre encontrar por dónde entrarme, yo la voy a mirar, tranquilo, sonriendo y le diré:
–Ay, mi negra… ¿hasta ahora? Perdoná… pero hoy tampoco.