Entre el frijol y el algoritmo
Estoy a punto de convertirme en ermitaño digital de las redes sociales.
No solo no me dejan vivir mi vida, sino que pretenden que yo viva la de ellas a su ojo y antojo. Y no.
Son unas metiches: me dirigen, me vigilan, me corrigen y, haciéndole honor al nombre, me enredan.
Después de 80 años desayunando gallo pinto sin remordimiento, ahora resulta que es el apocalipsis del carbohidrato.
Que el arroz “empanza”, que la papa “despierta al dragón de la glucosa”, que dos tazas de café protegen el corazón, pero cuatro lo convierten en tambor de cimarrona.
Si lo toma negro, perfecto, pero si le echa azúcar, se apuntó a la rifa del coma diabético.
Y si, encima, le añade leche, aparece un nutricionista digital explicando que activó un circuito hormonal en el hemisferio derecho del páncreas.
El frijol, patrimonio no declarado de la república, ahora “inflama”. ¿Inflama qué? Al parecer todo: el alma, la rodilla izquierda y la cuota del banco.
El mundo anda hoy con su “smart watch” contando gramos de proteína como si fueran votos electorales.
¡Ay, Señor! Si mi abuela hubiera pesado cada cucharada de frijoles, todavía estaríamos almorzando.
No se hablaba de picos glucémicos sino de “picos de gallo”, buenísimo a la bendita hora de la tortilla con frijoles molidos y aguacate.
Falta ahora que el celular me pregunte si estoy masticando con conciencia plena.
Todo cambia en segundos: un día el ayuno intermitente te convierte en semidiós; al día siguiente te puede provocar el “síndrome de Alicia en el país de las maravillas”.
Esa manteca de chancho que crio generaciones desde el comal, según ciertos expertos, es prácticamente un delito histórico.
El pobre huevo “altera tejidos invisibles” y la natilla es básicamente una declaración de guerra al colesterol.
Es decir, en redes todo tiene consecuencias cósmicas.
Ahora resulta que, si uno no consume colágeno hidrolizado importado de Islandia, las rodillas se te joden.
Yo me crie subiendo cuestas con chancletas y el único colágeno que tomábamos era caldo de gallo y nadie lo anunciaba en redes.
El agua de culantro merece capítulo aparte.
Hay quien asegura que purifica la sangre y alinea los chakras. Si uno sigue leyendo comentarios, descubre que también mejora la señal del “router”. Todo con una ramita.
Y en medio de toda esta vorágine digital, aparece el mini debate definitivo:
Influencer:
“Es que el frijol genera inflamación sistémica”.
Abuela:
Mi papá comió frijoles 90 años y lo único inflamado que tuvo fue el orgullo”.
Dormir es otro campo minado. Si duerme hacia la derecha, oprime órganos estratégicos. Si duerme hacia la izquierda, altera la rotación del planeta. Boca arriba es para iluminados y boca abajo afecta la órbita emocional.
Abuela:
Yo duermo como me dé la gana y el único órgano afectado es el que escucha tonteras.
Solíamos vivir en el país de la pura vida, pero el algoritmo decidió que ahora todo es “pura alerta”.
O sea, todo da algo, todo causa algo.
Si obedeciéramos cada consejo digital, terminaríamos desayunando vapor orgánico libre de culpa y bebiendo agua filtrada por monjes tibetanos certificados por Tik Tok.
Tal vez la revolución más importante no sea alimentaria, sino mental: apagar el celular, servirse el café sin miedo, agradecer el plato y recordar que el cuerpo humano sobrevivió siglos sin redes tutoriales.
Por eso estoy considerando seriamente mi retiro espiritual tecnológico.
Me imagino sentado frente a un plato generoso de gallo pinto, huevo, tortillas y natilla, en paz, mientras bloqueo con una X roja al “influencer” que intenta salvarme de mi desayuno.
Y como esta columna vive precisamente en ese océano de consejos, advertencias y revelaciones definitivas, quiero dejarlo a usted en total libertad.
Si considera que lo que acaba de leer también altera su equilibrio emocional, su índice de paciencia o frecuencia vibratoria…puede bloquearme.
Haga una X sobre esta columna y listo.
Desintoxíquese de mí porque si algo he aprendido en redes es que todo da algo.
Incluso pensar demasiado.
¿Nos vemos entonces el próximo sábado…o ya me canceló por trombosis lectora?