Por la calle, a toda antena
Voy a confesarles una intimidad de esas bien traviesas que nadie, o muy pocos, se atreven a destapar.
La cuento porque a mi edad estoy por contarlo todo, o casi todo, como quien saca del cofre de la vida sus secretos más jubilosos.
Desde muy muchacho desarrollé un raro don que hoy no sé si llamar virtud o defecto, pero que me entretiene, conviene y previene horrores.
Se trata del don de detectar, en todo momento y lugar, la vibra de la gente, como quien lee códigos de barra humanos.
Donde sea que yo esté, soda, mall, playa, funeral, fiesta o supermercado, se me va la vida sorteando egos como quien esquiva huecos en la acera.
Desde egos recalentados hasta silencios con filo.
Algo nada fácil porque, mal que bien, las vibras de los demás no siempre vienen con rostro.
Gracias a este don mío, aprendí temprano que Costa Rica es pequeña, pero intensamente radiada, y no me refiero al sol ni al wifi, sino a la gente.
Porque nadie entra a un lugar solo con el cuerpo sino también con su historia emocional colgando, su ego inflado o desinflado, sus neurosis en “modo tabaquillo”…y todo eso emite.
Obviamente –y valga aclararlo–, yo no pedí este don. Me tocó y ya.
Simplemente camino por la vida y apenas entro, digamos, a un supermercado, algo se me activa como si la atmósfera humana que me rodea tuviera sensores.
He notado, por ejemplo, que en el supermercado las vibras se organizan por pasillos.
La “amarga”, que empuja el carrito como divorcio a machetazos; la “narcisista”, que se detiene frente al espejo del congelador para existir.
La vibra “simpática profesional”, que sonríe tanto que uno sospecha que cobra por hora.
Y, muy de vez en cuando, la vibra “buena de verdad” que no hace ruido, ni invade, ni reacciona…simplemente está.
Lo fregado es que las vibras más peligrosas no siempre vienen con mala cara. Al contrario: muchas llegan envueltas en risas, diminutivos y una amabilidad tan pulida que resbala.
Esa es la que uno aprende a detectar de espaldas. Por el ritmo del paso, por el gesto innecesario, por esa impaciencia sutil que no mira a nadie, pero se siente con claridad.
Cuando detecto una vibra rara, no confronto, ni predico, ni llamo al gerente. Aplico la más sabia de las estrategias nacionales: me corro un poquito, doy un paso al costado, cambio de fila, silbo “Macarena”, me distraigo con los tomates.
Porque este país es cordial, sí, pero también está lleno de egos cansados, frustraciones recicladas y sonrisas que funcionan como cortinas. Y, la verdad, nadie tiene la obligación patriótica de absorber eso.
Además, soy consciente de algo incómodo: mientras analizo y me rajo al prójimo, probablemente voy emitiendo una vibra de superioridad perceptiva, que es una de las más insoportables del mercado del ser.
Aunque la guerra de las vibras no sea entre buenos y malos, es un campo minado de egos cotidianos.
Al final del día, uno vuelve a casa intacto, sin haber ganado ninguna discusión ni perdido la paz. Y eso, en tiempos de alta radiación humana, ya es una forma silenciosa de triunfo.
Yo seguiré esquivando malas vibras con la destreza de quien ya aprendió a cruzar la calle sin mirar. Pero prometo algo: revisar, de vez en cuando, que no sea yo el que va intoxicando el ambiente con cara de persona sensata.
Y si esta columna te provocó risa, incomodidad o un leve cosquilleo de reconocimiento, puede que esté emitiendo alguna vibra. Buena, regular o francamente humana. No lo sé. Yo también transmito cosas sin darme cuenta.
Al final, el punto no es quién vibra mejor, sino aceptar que todos emitimos, todos captamos y casi nadie controla del todo la frecuencia.
Así que sigamos tranquilos: vos con tus vibras, yo con las mías mientras sepamos reírnos de eso y no tomarnos tan en serio.
Con interferencia, sí, pero con buena señal de fondo.