De mae a bot

Ante el rumor de que para este diciembre la ocupación hotelera será del 100%, llamé ayer a un hotel en Guanacaste para adelantarme y agarrar campo.

Tras sonar dos veces el teléfono, contestó una voz impecable, pulcra, recién planchada.

–Buenos días, le habla Leo. Bienvenido al sistema de reservaciones. ¿En qué puedo servirle?

Al instante, esta respuesta me activó el instinto digital.

–Gracias, don Leo. Una preguntica antes: ¿sos humano o…? Es que te oigo medio raro, como hueco.

–Puedo ayudarle como si fuera un ser de carne y hueso.

–Ajá…o sea, bot.

–¿En qué puedo servirle?

–Bueno, mirá… te cuento. Hace unos años yo iba a ese hotel con mi abuelita y había un paquete que se llamaba “Tucan pack” que incluía …

–Estimado cliente –interrumpió con una calma casi budista–. Por favor indíqueme únicamente en qué puedo servirle.

–Ah bueno, sí. Tres habitaciones dobles para tres noches en diciembre.

–Permítame verificar disponibilidad.

(Silencio microscópico, digno de la inteligencia artificial y no de las de antes)

–Tenemos disponibilidad solo para antes del quince de diciembre en habitaciones frente a la playa o con vistas al jardín.

–¿Y cuánto cuesta cada una frente al mar?

–$350 la noche más impuestos, desayuno incluido.

–¡La Santísima Trinidad!

–¿Cómo dijo?

Entonces empezó la parte natural de cualquier conversación tica: el regateo.

–¿Y en tiendas de campaña con desayuno incluido?

–No disponemos de tiendas de campaña.

–¿Y si las pongo yo y ustedes el desayuno?

–No es posible, señor.

–¿Y si de cada cuarto quitamos una cama?

–No es posible.

–¿Y si metemos a mis cinco nietos en una sola?

–No es posible.

–Son pequeñitos… y casi plegables.

–Sigue sin ser posible.

–¿Y si hacemos una excepción patriótica, tomando en cuenta que todos somos ticos?

Sentí que el sistema estaba como empezando a hiperventilar dentro de algún servidor en Nebraska.

–No dispongo de esa opción patriótica.

Decidí entonces probar otro ángulo, ahora el humano.

–Decime una cosa: ¿todavía trabaja ahí Socorrito? La muchacha de Huacas…alta, flaquilla, muy simpática.

(Silencio breve)

–No tengo registro de haber coexistido con esa persona.

–Ah caray. Era buenísima recepcionista y apuntada a todo.

(Pausa)

–Estimado cliente.

–¿Sí?

–¿Desea habitación frente al mar o con vistas al jardín?

–Antes de eso, otra preguntica: ¿el gallo pinto lo siguen haciendo tostadito con buen culantro y cebollita morada o…?

–El desayuno incluye opciones tradicionales costarricenses.

–¿Y mamón y guaba en las frutas?

–Solo frutas de temporada.

(Pausa digital)

El pobre bot parecía nadando en un mar de folclor.

–Estimado cliente, para continuar necesito saber el tipo de habitación.

Intenté entonces negociar en “modo compas”, de mae a mae.

–Mirá, mae … ¿vos podrías hacerme el cachete de dejarme entrar temprano? Yo llegaría como a las ocho de la mañana, pero prometo jalar tempranito el último día.

(Silencio. Procesamiento. Mucho procesamiento)

–La hora del check-in es a las 2:00 p.m.

–¿Pero vos podrías hacerme el quiebrecito?

–No estoy programado para quiebrecitos.

–¡Qué mala nota, mae!

–Estimado cliente: ¿Frente al mar o frente al jardín?

Entonces le dije algo que terminó de colapsar la conversación.

–¿Y Fidela, la administradora? Creo que era de Sardinal…o Caimital. Ella siempre me hacía el quiebrecito.

(El robot guardó silencio unos segundos que parecieron eternos)

–Estimado cliente –dijo fríamente–. Por favor confirme si desea habitación frente al mar o vista al jardín.

–Okey… ahora sí, una última cosa.

–Dígame. Estoy para servirle.

–¿Todavía ponen sobre la cama toallitas enrolladas como cisnes?

(Silencio. Un silencio largo, casi humano)

Ahí fue cuando entendí que la conversación había llegado a su límite tecnológico.

El robot hablaba en “modo eficiencia”: preguntas directas, respuestas exactas y precisión de astronauta en órbita.

Yo, en cambio, en “modo pura vida”: recuerdos, rodeos, historias familiares, paréntesis, trato informal, chisme administrativo.

Dos mundos.

Colgué el teléfono.

Y me quedé pensando en una posibilidad fascinante: que algún día, tal vez, el bot más bien se adapte a la lógica tica y a sus dicharachos.

Y que me responda algo así como…

–Mirá, mop: te hago el quiebrecito, pero me echás alguito.

Pero, bueno… falta mucho para ese día.

Mientras tanto, el “data center” de Nebraska descocándose para descifrar quién carajos es Fidela y quién Socorrito.

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