De honorables… a descartables

A pocos días del final, algunos diputados caminan por los pasillos del Congreso como pollos sin cabeza.

Tras cuatro años flotando en su “red de cuido”, adiós chupeta.

Chao a su filosofía patria de que toda invitación se acepta, todo postre se honra y todo almuerzo “de trabajo” se trabaja hasta el último bocado.

Hoy se les ve ya haciéndose selfis bien abrazados a la curul, a la bandera, a la puerta… e incluso a la sombra de la puerta.

Pura nostalgia, sí, pero no de lo que hicieron, sino de lo que cobraron por no hacer.

En las esquinas más discretas protagonizan el verdadero drama suyo: el “lobby” sin futuro.

Vínculos, pactos y bisnes que se cocinaban al calor de un voto, ya hoy ni pa la foto.

Las secres que les servían empacan su lealtad en carpeta manila y migran al despacho entrante.

Sin drama, pero con eficiencia porque donde hay poder, hay romance, y donde no hay poder, queda el recuerdo y un número que ya no contesta.

El celular que antes vibraba con invitaciones y “cafecitos estratégicos” quedó ahora en modo avión…y sin destino.

Pues nadie negocia con quien ya no decide.

Y mientras el reloj aprieta, más de uno aprovecha los últimos tiquetes del paraíso para sus viajes de cierre al exterior y maletas llenas de pretextos.

La cuota presupuestaria sacándole el jugo final al calendario.

En pocas palabras, turismo de despedida con factura para todos.

Gracias al directorio indulgente que les consintió escapadas sin rebajo, viajes con excusas creativas y sabrosas tardes en la soda legislativa.

Tocando la lira mientras el país en llamas.

Hoy se les ve andar más despacio, como si con ello el periodo durara más.

La prensa ya los mira con la cortesía distante de los ex: ayer con micrófono en la puerta, hoy silencio en la acera.

Y entonces aparece la otra despedida, la más íntima: la del carro, ese “chuzo” que ayer era ostentación del cargo y hoy extensión de la deuda.

Tanto que algunos ya le hacen números y otros, despedida.

Porque, al fin y al cabo, no todo lujo sobrevive al fin del privilegio.

Hasta que, bueno… llega el momento más temido: el regreso a la llanura.

Bajar de la nube presupuestaria al polvo inexorable de la vida dura y pura, carajo.

Hay diputados que incluso ensayan ya el regreso con frases como “¿Dónde hago fila?”, “¿A qué hora pasa el bus?”

Y en su casa, ni se diga:

Tras cuatro años firmando, ordenando, votando y disponiendo desde el primer poder de la república, llegarán a casa y su voz no manda, el gato los ignora y ni el control remoto les obedece.

“Aquí decido yo”, decreta la suegra desde la cocina, inaugurando una democracia que nunca pasó por comisión ni dispensa de trámites.

Volverán a ser ciudadanos de a pie… los mismos que durante cuatro años les sirvieron de pretexto o idea decorativa en sus discursos.

La gente les llamará “exdiputado”, y en ese “ex” cabrá todo: lo que hicieron, lo que no, lo que cobraron, lo que prometieron.

De ahí que el último día tendrá coreografía de tragedia griega.

Saldrán con cajas, plantas sobrevivientes, jarras de café conmemorativas y diplomas invisibles en el arte de ningunear al pueblo.

A la salida se cruzarán con los entrantes entre sonrisas tensas y bilis bien educada.

La función termina sin aplausos, sin ovación, si acaso un murmullo.

Afuera, la vida sigue con su puntualidad implacable en medio de gente que trabaja, paga, espera, resuelve.

La misma que nunca tuvo viáticos, aire acondicionado, celu gratis, inmunidad, extritas ni gasolina para sobrevivir.

Y ellos darán el paso final fuera del escenario.

Algunos mirarán hacia atrás buscando una última cámara.

Pero ya no.

El telón cae y esta vez, sí…a pagar la cuenta, maes.

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