Bienvenidos a ninguna parte

Propongo que nuestra red vial sea declarada fenómeno mundial del surrealismo.

Más que un país, somos un experimento científico: ¿cuántos objetos pueden ocupar el mismo espacio sin violar las leyes de la física?

Todos, porque aquí las leyes ya no se aplican.

Toda una ciencia nueva a la que se le podría llamar “presodinámica”.

Del sustantivo “presa”, muy tico, que significa que en vez de circular quedamos atorados.

Estudia cómo un carro detenido genera más estrés que uno en movimiento, y cómo mil carros inmóviles logran avanzar…hacia la histeria colectiva.

No solo colapsamos carreteras, sino también satélites.

Al punto de que Waze ya no calcula rutas, sino que ahora nos encomienda al Señor.

Mientras Google Maps muestra un único mensaje: “acepte su destino, mae”.

El carro pasó de ser transporte a ser extensión del hogar: ahí ahora desayunamos, almorzamos, envejecemos.

Gracias a que somos un país sobre ruedas… estacionadas.

Vivimos atrapados en un punto muerto colectivo: motor encendido, combustible quemándose, vida pasando y cero avance.

En medio de motocicletas en enjambre esquivando carros como si la vida fuera un videjuego…con la diferencia de que aquí no hay botón de reinicio.

Lo único que avanza a velocidad de vértigo es la cantidad de presas, mientras las nuevas carreteras vienen apenas en camino desde hace cincuenta años.

O sea, hemos alcanzado un nivel superior: ya hay presas incluso donde no hay carretera.

Tanto así que el tico está evolucionando genéticamente de una manera muy curiosa: ya no camina erguido, sino que maneja encorvado.

Ha desarrollado, incluso, un sexto sentido para detectar presas a kilómetros.

Y el reflejo automático de frenar sin avanzar.

A este paso, la evolución final del “tico vial” será la del pulgar hipertrofiado para pitar, espalda adaptada al asiento y mirada fija al infinito del parabrisas.

Resumiendo, somos un país de 51 mil kilómetros cuadrados convertido en parqueo de dos millones de vehículos rectangulares.

Ante esto, lanzo hoy aquí la siguiente tabla de náufrago con opciones para sobrevivir con dignidad.

Declarar el vehículo como vivienda oficial con teletrabajo, oficina, comedor y terapia emocional en el mismo asiento reclinable.

Edificar una Costa Rica de diez pisos, como queque vial, donde cada nivel tenga su propia presa.

Construir carreteras en espiral infinita: nunca se llega, pero tampoco se detiene.

Instalar teleféricos que lo recojan a uno directamente desde el asiento del conductor y lo dejen en el “mall”, súper o tienda sin necesidad de resolver la presa ni bajarse del carro.

Servicio de drones personales: uno se engancha como encomienda humana y lo entregan en la oficina con firma contra entrega.

Pedir un “UberHeli”: más caro que el carro, pero al menos la presa se ve bonita desde arriba.

Colocar semáforos aéreos para no avanzar tampoco en el cielo y mantener la coherencia nacional.

Instalar solo cámaras lentas en las vías públicas para que vayan al ritmo de las presas sin desenfocar.

Zonas francas vehiculares: si usted no se mueve en dos horas, ya califica como residente productivo.

Restricción vehicular por estado de ánimo: los coléricos descansan lunes y martes.

Exigir licencia náutica obligatoria para cruzar la General Cañas en invierno.

Sistema de góndolas a la tica en las cunetas cuando llueve, o sea, a lo Venecia, pero con huecos.

Recomiendo un regreso al siglo XIX así:

Carriles exclusivos para caballos, cero emisiones y ocasionales pleitos por parqueo en árboles.

Peajes con pago en zacate.

Waze versión ecuestre: “gire a la derecha después del barranco”.

Además, multas por bocinazo innecesario: tres pitazos y el carro entra en modo silencio obligatorio.

Curso ansiolítico intensivo antes de renovar la licencia.

Túneles dentro de túneles, por si el primer error no fue suficiente.

Puentes que conecten presas entre sí para que al menos cambie el paisaje.

GPS en modo “fe”: recalcula, sí, pero usted santígüese.

Ventas ambulantes entre carriles que no hagan más molote entre ellas por vender el prestiño o jocote.

“Food Trucks” que reparten desayuno, almuerzo y cena según la duración de la presa.

Impuesto por inmovilidad: si usted no se mueve, el Estado sí.

Nueva unidad de tiempo: un semáforo equivale a doce minutos de vida.

Selección natural: sobrevive el que encuentra atajos que no existen.

Y, por supuesto, las soluciones políticas:

Inaugurar cada embotellamiento con cinta y discurso.

Crear el Ministerio del Tráfico Estático, encargado de que nada cambie…con eficiencia.

Porque al final, el problema no es la presa.

Es que ya se nos olvida hacia dónde íbamos.

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El nombre es lo de menos