A los 80 se nace, carajo
Dicen por ahí –y yo lo confirmo con cada espejo que me guiña– que los viejitos de hoy no somos los viejitos de antes.
Que nada que ver con aquel abuelito en mecedora, periódico en mano, esperando estoicamente a que la pelona llegara a leerle su propio obituario.
Para estar más seguro, acudí a mi gerontólogo de cabecera quien más bien me dio la bendición para seguir viviendo mis ochenta en olor de inmortalidad.
“No le haga caso al número; siéntase como si fuera eterno”, me dijo.
Y sí, la edad es un estilo de vida y uno puede estar muy deshuesado, medio torcido y hasta con tabaquillo, pero ahí está la coquetería intacta, reencauchada, lista para salir a hacer estragos.
Señal inconfundible de que la generación ochentona del siglo XXI salió respondona, estilizada y un poquito descarada.
Ahora uno llega a esa edad y de pronto siente un fogonazo hormonal de dignidad y galantería milenaria, como si lo hubieran reenvasado y puesto fecha nueva de vencimiento.
En lo personal, siento, incluso, que me estoy poniendo peligroso. No peligroso de salud, sino de actitud.
Tanto que, en honor a mi nueva vida, me rebauticé con el alias de “sexochento” …más para presumir que para convencer.
Lo digo con pruebas científicas empíricas:
–Antes: me veía en el espejo para saber si seguía vivo.
–Ahora: me miro para ver si la camiseta me marca el “sixpack” abdominal.
–Antes: me ponía lo primero que encontraba.
–Ahora: dudo entre el saco mostaza y el tornasol para ver cuál me hace juego con las ganas.
Está escrito: uno nace a los 80.
Esta revolución geriátrica silenciosa la comencé donde mi estilista al hacerme un “undercut con raya”.
Para darle a la cabeza el lugar que le corresponde.
Porque yo, cachetón, con el mechero que me manejaba y las arrugas repartiéndose a lo bestia mi soberanía facial, no iba a llegar muy lejos como anciano “reloaded”.
Desde entonces, a juzgar por el runrún social, me ven más moderno, atrevido, versátil, audaz, seguro.
Una amiga socialité me está ayudando a dar el salto “fashion” con ropa “chic” senil para codearme con el “high end” de la flor y nata ejecutiva.
Insiste en que los pantalones “ankle jeans” son lo mío para ese toque vanguardista que no puede faltar.
Lo mismo con las camisas. Ahora me miro al espejo, me ladeo, aprieto el abdomen por tres segundos –no más porque se me “va la luz”– y decido si voy de rojo pasión o azul ejecutivo sexy.
Todo depende de si ese día quiero parecer un sobreviviente de “Ironman” o un galán de telenovela que no aceptó retirarse.
Eso sí, el bastón lo escondo en el carro.
Uno no es tonto. La cojera se disimula con estilo, paso de actor italiano madurito. Y las bufandas de lana y pelos…chao. La juventud contemporánea jamás entendería esas reliquias.
Porque, claro, ahora competimos con los jóvenes en sus propios terrenos.
Véame a mí, entrando a una fiesta como si viniera directamente del gimnasio (aunque en realidad vengo de la farmacia, pero ¿quién lo sabe?).
Ellos llegan con “sneakers”; yo, con tenis de caminata que parecen salidos de un comercial para maratonistas de élite. Ellos hablan de “trends” y “playlists”; yo asiento con gravedad, como si entendiera todo, y lanzo mis propias frases frescas: “Sí, sí, todo bien chill, muy top”.
No sé qué significa exactamente, pero funciona; quedan confundidos, viéndose entre ellos.
Y es que este nuevo club de ancianos con wifi en el alma se las trae.
A nosotros no nos agarra el tiempo con la guardia baja: andamos en cleta eléctrica, patineta, caminadora inclinada y, si me apurás, hasta practicamos pesitas de tres kilos para mantener el ego erguido.
Dicen –los expertos, los opinólogos, los que hacen números sin saber de dolores articulares– que para el 2070 Costa Rica será un geriátrico de lujo: pura gente mayor, pura sabiduría, puros veteranos al mando del gobierno, la política, las decisiones nacionales.
Un país donde el presidente, el ministro, el diputado y el policía de tránsito tendrán mínimo 78 años y un plan de alimentación cetogénica adaptada a la dentadura disponible.
¡Imaginate!
Y al final, entre tanta ironía, ejercicio, camisas color pastel y fantasías digitales de inmortalidad, queda una verdad suave, tierna, casi clandestina: qué rico es seguir aquí, mirando el mundo con ojos nuevos…a cualquier edad.
Y si la muerte viene… que espere.
Estoy ocupado viéndome bien.