A solas con la patria
La escena parece suspendida en el tiempo, como si alguien hubiera pulsado un botón invisible y nada se moviera.
Ahí está ella: Pilar.
En el instante que quería.
Sola.
No una soledad triste ni vacía, sino la de quien llega al final de un trayecto y entiende que aún queda mucho camino por andar.
Las paredes del plenario legislativo, vasto como una catedral civil, no hablan, pero pesan.
Al fondo, el escudo de la patria observa desde lo alto como testigo.
El salón se abre inmenso, casi desproporcionado, y la figura humana se vuelve diminuta frente a ese muro que ha visto todo.
Y en medio de ese silencio, ocurre algo que no se oye, pero se siente: un diálogo.
Pilar frente a la patria, sin micrófono, sin ruido.
¡Hora del adiós sin público!
Ella no dice nada en voz alta, pero su paso por el Congreso ya habló por ella: denuncias, peleas incómodas, decisiones fuertes, convicciones, cambios impostergables.
Sesiones que no fueron trabajo, sino tempestad.
Porque, pasara lo que pasara, ella se había jurado a sí misma –y a esta tierra que la adoptó– entregar cuatro años de su vida al ciudadano… ahora desde la política.
Como ya lo había hecho antes, durante años, desde la televisión.
En realidad, desde cualquier espacio donde hiciera falta desenmascarar el poder y, de paso, sacudir a un país demasiado acostumbrado a mirar para otro lado.
Lo de ella no era una promesa ligera, sino un compromiso, un deber, un pacto consigo misma.
Una forma de lealtad al pueblo que la recibió cuando tuvo que dejar su Perú natal y aceptar que la vida a veces se parte en dos.
Cuando en diciembre de 1971 le dijeron que su nuevo país sería Costa Rica, apenas sabía dos cosas: que no tenía ejército y que su naturaleza era exuberante.
Con el tiempo descubriría algo más difícil de aceptar: que incluso en los países más pacíficos también se libran batallas, solo que sin uniforme.
Entonces, en esa quietud casi sagrada, la patria responde no con palabras grandilocuentes, sino con algo más profundo.
“Te escuché. Te dolí. Te resistí. Pero también cambié”.
Le dice que algo se movió y que el país, ese animal lento y a veces terco, abrió un ojo… y luego el otro.
Le dice que el camino sigue siendo cuesta arriba, pero ya no exactamente el mismo.
Pilar escucha.
Lo que hay en ella es la sensación de haber cumplido sin haberse doblado, aun sabiendo que ningún intento alcanza para arreglar en cuatro años lo que se desordenó durante décadas.
Entonces, como quien entrega la estafeta sin aspavientos, devuelve el mensaje.
No al pasado, que ya está escrito, sino a los que llegan.
A quienes ocuparán esas curules, las mismas donde tantas veces se alzó la voz o se estrelló contra muros bien aceitados.
No los señala, pero los deja frente a algo peor: la conciencia.
Que entiendan que ese edificio no es un refugio para acomodarse, sino una prueba constante, un desafío de siempre.
Que el país no necesita astucia para esquivar deberes, sino carácter para asumirlos, aunque cuesten.
Que no se puede construir bienestar desde la mezquindad, ni levantar un país jugando de vivos.
Porque –y esto los sabe cualquiera que haya caminado fuera de la burbuja– un país mejor es una cadena de decisiones correctas cuando nadie está mirando.
Y lo más difícil de todo: que la verdadera recompensa no está en lo que se guardan, sino en lo que dejan.
La codicia llena bolsillos, sí, pero el servicio llena algo mucho más silencioso y mucho más difícil de fingir.
Ese día –porque siempre llega– en que también les toque quedarse ahí, solos, en medio del salón sin aplausos, sin cámaras, sin barra… ojalá que puedan sostener la mirada.
No ante el escudo, sino ante sí mismos.