Patria ordenada, casa despapayada

Pilar dejó nuestra casa en 2022 “como un ajito”.

Cada cosa en su sitio, cada rutina en marcha, cada detalle bajo control.

Conmigo, por supuesto, marchando como soldado doméstico del orden y la pulcritud.

La casa que ella dejó no era un hogar sino una coreografía donde los platos sabían cuándo lavarse, las camas se tendían al milímetro y hasta el silencio tenía horario.

Se fue entonces a la Asamblea Legislativa con la misión de hacer, a escala nacional, lo que ya había logrado en nuestra casa.

Es decir, arreglar y componer donde reinaba el descuido.

Cuatro años después, puede decirse que dejó el país un poco mejor de como lo encontró: no perfecto, pero ya no tan patas arriba.

Pero esta semana, al volver a casa, abrió la puerta…

Y entendió, en un solo golpe de vista, que había regresado, pero a una nación en ruinas.

Porque lo que Pilar dejó como un reloj suizo, yo lo convertí –con una mezcla de talento involuntario y constancia admirable– en un experimento de entropía aplicada.

El cajón de los cables, por ejemplo, convertido en ecosistema donde conviven cargadores de celulares extintos, audífonos que solo suenan de un lado, pilas que juran estar vivas y una maraña que, si se estudia con calma, podría revelar nuevas leyes de la física.

La mesa de noche… como puesto fronterizo: libros empezados y abandonados, medicamentos huérfanos, vasos de agua con larvas en flor y el celular cargando como quien toma oxígeno.

La bicicleta estacionaria, orgullosamente adquirida para mejorar la salud, evolucionó estos cuatro años:

Hoy no pedalea: sostiene. Es perchero, tendedero, archivo textil de ropa “que todavía aguanta otro uso”.

O sea, todo un monumento al sedentarismo creativo.

La cocina…bueno, la cocina merece capítulo aparte.

Hay recipientes en el refri que ya no contienen comida sino historia milenaria a pesar del rótulo que dice “ordenar hoy” de hace cuatro años.

Capas y capas de civilización culinaria: el arroz de una semana dialoga con un guiso de origen incierto y, en el fondo, un envase sin nombre que podría ser declarado patrimonio arqueológico.

La olla madre alardea también de un sedimento paleolítico de frijoles escabechados.

El microondas exhibe un mural abstracto de salpicaduras que ningún museo se atrevería a colgar, pero que aquí defendemos como arte espontáneo.

Los sofás dejaron de ser muebles para sentarse y pasaron a ser estaciones de acopio: controles remotos en exilio, palomitas de maíz hijeando, llaves ajenas, una media zonta, uñas de alguien mientras veía en Netflix “La maldición de Hill House”.

Cucharas en el baño, tenedores en la sala, cuchillos con paradero “reservado por seguridad nacional” y colección inédita de jarras con café en pausa eterna.

En el baño, la crema vencida desde el gobierno anterior, la pirámide de paños mojados, la bolsa de bolsas con bolsas y la pasta dental retorcida hasta el último chisguete.

Y las telarañas…qué decir de las telarañas. No son descuido, jamás, sino infraestructura, al punto de que hay zonas donde una araña podría cobrar peaje.

Pilar recorrió la casa en silencio. No dijo nada. No hizo falta.

Su mirada fue un informe técnico, un diagnóstico profundo, un discurso completo sin palabras.

Y yo, parado en medio de ese país doméstico colapsado, entendí algo que no enseñan ni en política ni en matrimonio: es más fácil ordenar un país que mantener en orden “la choza de uno, mae”.

Porque el país se corrige con leyes, decretos y voluntad colectiva.

Pero la casa se desarma en los pequeños descuidos, en la taza que uno no recoge, en la camisa que “después doblo”, en el plato que “ahorita lavo”.

Intenté balbucearle una excusa de alta filosofía: “Jefa, donde hay vida, hay reguero, y donde hay reguero, hay historia”.

Pero, ni a palos; me abstuve porque con ella no hay discurso que valga. Aquí solo queda trabajar.

Entonces entendí la verdad más incómoda de todas: no hay reforma del Estado que sobreviva a un marido sin supervisión.

“Tenés que reconocerlo, Edguitar, fuiste un gobierno fallido”.

Así que Pilar volvió a legislar, aunque esta vez sin curul y con un caso más complejo: yo.

Porque hay países que colapsan por sus políticos, y hay casas que colapsan por sus maridos.

De ahí que mi jefa haya regresado entrando y capando con furia legislativa a poner orden.

Y yo…bueno, yo pasé oficialmente a la oposición.

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A solas con la patria