Ya ni soñar vale la pena
Algo raro está ocurriendo en el sótano de mi mente.
Antes soñaba bonito, rico y hasta con cierta dignidad onírica.
Me acostaba pobre y amanecía en el sueño millonario, irresistible, aventurero o, mínimo, relajado.
Pero ahora, horrible, pues ni dormido mejoro.
Sueño y sigo miope, medio renco, sordo y con la misma rodilla que chirria como bisagra de puerta colonial cada vez que me levanto de la cama.
Pasa una mulata despampanante a la par mía y ni siquiera en sueños me alza a ver, señal de que el desprecio femenino también funciona en horario nocturno con la complicidad de mi inconsciente.
Compro lotería soñando y tampoco pego nada, a lo sumo un reintegro miserable que no alcanza ni para ir al puerto a tirarme el “churchill” y el “vigorón”.
Y así todo.
Ya a ni sueño que tengo 81 años, sino 100...y maltrataditos.
En cada pesadilla me rebajaban la pensión de la Caja para aumentársela a magistrados, académicos y políticos con corona.
Sueño que huyo a Marte y, al llegar, las presas son peor; que volví al cole y había examen de mate, que me gané el “mayor” pero en colones de 1982.
Me pregunto entonces qué carajos estará pasando allá abajo, en esos túneles húmedos y telarañosos del inconsciente, donde algún yo mental clandestino manipula mi realidad cotidiana elevándola a nivel de sueños.
¿Neurosis? ¿Ansiedad existencial? ¿Trauma senil premium?
Recuerdo que mi abuelita sí entendía estas cosas cuando nos decía qué había que comer, rezar o tomarse para tener buenos sueños.
Algunas noches a mí me recetaba una infusión de toronjil y funcionaba.
Yo soñaba que pegaba la lotería, que era famoso, querido, parrandero e irresistible.
Soñaba que era Elvis Presley, Marlon Brando o Frank Sinatra entrando a un bar mientras las mujeres prácticamente se desmayaban como dominó sobre las mesas.
Ahora, en cambio, si sueño que soy Frank Sinatra, seguro aparezco cantando en un Ebáis, tocando dulzaina bajo algún semáforo en rojo o esperando campo para urología.
Freud, mi amigo, diría que son deseos reprimidos.
¡Qué feo suena eso a estas alturas!
Porque uno ya no quiere grandes cosas: ni fama, ni fortuna, ni una aventura erótica en Mónaco.
Con un sueñito decente, yo más que contento: algo humilde, salir joven aunque sea quince minutos, tener pelo en pecho, correr sin que me falte el aire.
Que una mujer me vea con ojos pecaminosos y no como candidato a emergencias médicas o a la Cruz Roja.
Pero ni eso.
No sé si para mi consuelo, tal vez esto no sea un problema mío sino mundial.
Una suerte de fatiga profunda del alma humana como si la realidad se hubiera puesto tan insoportable que ya ni los sueños pueden competir contra ella.
Y quizá por eso tanta droga ante la necesidad de desconectarse.
Y de inventarse, aunque sea químicamente, un mundo soportable durante unas horas.
Porque si ni el inconsciente es capaz de producir esperanza, entonces alguien tendrá que ayudarle con fármacos y sucedáneos.
En fin, voy a investigarme un poco, pues a la larga necesite psicoanálisis, vitaminas o regresar al toronjil reforzado con tilo y valeriana.
No sé.
Lo hago no solo por mí sino por usted, amigo lector, porque quizá esta columna ni siquiera la escribí despierto.
Pues ya hasta sospecho también de ella.
Para serle honesto, no estoy completamente seguro de haberla escrito en mis cabales.
Cabe la posibilidad de que la haya redactado dormido, sonámbulo o bajo alguna sustancia experimental elaborada clandestinamente por mi subconsciente.
Usted tiene la última palabra.
Siempre y cuando yo no lo haya contagiado.