Cuando cayó la tercera corona
Un repaso a vuelo de pájaro de la situación actual del país me hace pensar que Costa Rica se encamina, finalmente, a buen puerto.
Visto desde la perspectiva histórica, atravesamos un gran momento.
Hemos vivido tres grandes eras cuyos resultados finales no fueron precisamente halagüeños para el ciudadano común.
La primera, la de la Corona Española entre 1502 y 1821: aislamiento, abandono y el papel del “pariente pobre” de Centroamérica.
La segunda, la de la Corona Cafetalera entre 1844 y 1949: élites repartiéndose poder y riqueza mientras el ciudadano permanecía anestesiado por la demagogia.
La tercera, la de la Corona Bipartidista entre 1948 y 2022: una inmensa maquinaria burocrática e institucional bajo la égida del Partido Liberación Nacional y su ecosistema político.
La primera duró 319 años. La segunda, 105. La tercera, 73.
Esta última entró en fase terminal cuando ese “ciudadano de quinta”, despreciado toda una vida por las dinastías políticas de turno, terminó decapitando la corona.
Y como ocurre siempre en la historia, el cambio encontró resistencia.
Después de 1821 apareció la larga fila de aspirantes a nuevos monarcas.
En 1948 llegaron la anulación electoral, la revolución y los muertos.
Y en 2022, ante el horror de que la saturnal política terminara en tragedia para sus privilegios, la vieja pléyade encendió todas las alarmas para bloquear “al nuevo intruso y al pueblo iluso”.
Con ella también reaccionó todo el ecosistema humano que vive alrededor del poder: empleos, contratos, privilegios, influencia, miedo, costumbre y esa sensación de pertenencia que termina convirtiendo incluso un sistema injusto en una aparente zona de comodidad.
Pero existe una ley inexorable: ningún poder logra detener para siempre la evolución interior de una sociedad.
Y ahí estamos.
Sabemos, por supuesto, que ningún gobierno es eterno ni inmune al desgaste.
La historia enseña que toda estructura de poder corre el riesgo de deformarse y oxidarse con el tiempo.
La diferencia ahora es otra: el ciudadano aprendió a achisparse.
Aprendió a desconfiar del abuso, del privilegio hereditario, del político que se siente dueño del país y del burócrata que mira al pueblo desde arriba.
Con doña Laura Fernández en la Presidencia y 31 diputados oficialistas, el reto no es construir una cuarta corona, sino evitarla.
Porque la idea de esta nueva etapa no debería ser cambiar unas élites por otras, sino lograr que el costarricense sienta, por primera vez y con absoluta convicción, que el país verdaderamente le pertenece.