Elogio de la frescura
Hace algún tiempo llegué a una conclusión sobre mí que, por pura modestia, me resistía a divulgar:
¡No sirvo para nada!
Esta revelación me convirtió, hasta donde sé, en un ser excepcional, muy lejos de esa humanidad que lleva ya miles de años intentando ser útil, aunque con resultados francamente discutibles.
Yo no.
Y, curiosamente, nunca me había sentido tan realizado.
Creo que esta virtud me acompaña desde la infancia cuando mi madre, apurada en sus ajetreos, rutinas y congojas de la casa, me llamaba desesperada:
"Hijo, venga ayúdeme, sirva p’algo".
Yo iba, sí, y lo intentaba pero, al poco rato, ella desistía y terminaba haciéndolo todo.
No era culpa mía: simplemente ya empezaba a perfilarse mi vocación.
Ella, convencida quizá de que así nací, optó por lo más sabio: respetar ese don mío y legítimo derecho a vivir una vida laxa, relajada, envidiable.
Con los años intenté corregir aquel aparente defecto.
Aprendí algunas cosas, estudié otras, trabajé en varias, pero tarde o temprano todo desembocaba en la misma evidencia: mi talento consistía en no encontrar ningún talento.
Fue entonces cuando entendí el enorme error de la humanidad.
Todos viven obsesionados con servir para algo, como si para venir al mundo hubiera sido necesario firmar un contrato.
Y que yo recuerde, no he firmado nada, ni aceptado términos y condiciones, ni marcado ninguna casilla diciendo:
"Me comprometo a ser útil durante toda mi existencia".
Simplemente aparecí aquí, y si alguien me trajo sin consultarme, considero perfectamente legítimo reservarme el derecho de no involucrarme tan activamente con la especie.
Una cualidad que, arrogancia aparte, solo ostenta el que, como yo, del todo no se toma la vida en serio.
Desde entonces observo con admiración —y algo de lástima— a quienes pasan la existencia tratando de demostrar su utilidad.
Trabajan, compiten, planifican, organizan, evalúan, optimizan… Y cuando por fin consiguen demostrar que sirven muchísimo, con frecuencia terminan echándolo todo a perder.
Visto así, empiezo a sospechar que los que no servimos para nada hemos sido injustamente subestimados.
Nuestra contribución al mundo consiste, precisamente, en no agregarle problemas.
Conmigo, el universo recobra su derecho a ser: un espacio donde los árboles hacen de árboles, los ríos de ríos y las montañas de montañas.
Un entorno de bosques y mares que fluyen en paz, libres de la constante intervención de aquellos que se empeñan en transformar el planeta.
Confieso que a veces me invade una pequeña tristeza al ver que somos apenas una ínfima minoría los que no servimos para nada.
Razón por la que no pierdo la esperanza de ir creando, poco a poco, una suerte de cofradía de aliados a esta causa mía tan humana como cualquier otra.
Eso sí, sin estatutos, sin cuotas, sin reuniones y sin ningún trámite que vaya a desvirtuar nuestra naturaleza, cuyo único objetivo sería no tener ninguno.
Algo como una escuela filosófica mía cuya constante universal sea NSPN (No Servir Pa Nada).
En la que así como Epicuro tenía su jardín, Diógenes su tonel, Heráclito su rio y los estoicos su indiferencia, yo tenga mi propio reino:
Una hamaca colgante entre dos rascacielos y con tremenda camiseta exhibiendo a todo pecho mi ecuación existencial F = (RLP + H)³ ∞
Donde: F = Felicidad.
RLP = Rascarse La Panza.
H = Hamaca.
Traducido al lenguaje llano y plano significa que cuando las necesidades se aproximan a cero…la serenidad se hace infinita.
Quizá, con el tiempo, llegaríamos a ser tantos los que no servimos para nada que acabaríamos sirviendo para algo.
Aunque sea para aliviarle al mundo el peso de tanta gente útil.
Y demostrarle a los demás, con el noble ejemplo de nuestra quietud, que la existencia no vino aquí a justificarse ni a pedir perdón, sino simplemente a ser.