El tico de la carreta al algoritmo
(Se abre el telón)
Aparece el tico de 1821.
Con chonete, ropa de campo, descalzo, una carreta detrás, gallinas y chanchos alrededor y, sobre todo, mucho tiempo.
Su mundo es pequeño, pegado a la tierra, cerca del maizal, la vaquita, la iglesia y los vecinos.
Para verse con los amigos no manda un mensaje; sale de la casa y ahí están.
Se saludan, dicharachos vienen, dicharachos van, se enteran de quién se casó, quién murió, quién bautizó al chiquito y quién se jaló la torta.
Su vida social transcurre entre rezos, bautizos, primeras comuniones, matrimonios, entierros, fiestas y galleras.
(Se apagan las luces. Cambio de vestuario. Se abre el telón)
Aparece el tico del café.
La carreta sigue ahí, pero ahora hay cafetales, mejores casas, dinero que empieza a circular y una nueva aspiración: progresar.
Unos ticos prosperan y otros, los de caite en el suelo, siguen contando el cinco ganado con el sudor de la frente.
El que prospera empieza a mirar hacia Europa, envidiando sus aires y grandeza, usando sus trajes, sombreros y zapatos, aprendiendo modales, escuchando música y yendo al teatro.
Viajes, etiqueta, conciertos, elegancia y costumbres como la de poder elegir su apariencia.
El campesino convive con el ciudadano, la aldea comienza a volverse ciudad y el tico todavía tiene tiempo.
Con el bolero, la guaracha, el mambo y la salsa tropicalizando su espíritu juguetón y querendón
(Se apagan las luces. Cambio de vestuario. Se abre el telón)
El tico ahora mira hacia Estados Unidos.
El sombrero empieza a perder terreno frente a la gorra, y el vals, ya de salida, comparte escenario con el rock.
Llegan el cine, la radio, la televisión, nuevos héroes, nuevas músicas, nuevas comidas y nuevas maneras de hablar.
El tico descubre que el mundo es bastante más grande que el Valle Central y aparece un nuevo miembro de la familia: el carro.
Va en carro al supermercado, va en carro al cine, va en carro a visitar al vecino…
Y llega un momento glorioso de la civilización en que se sube al carro para ir a buscar dónde estacionar el carro.
El carro no solamente lo transporta, sino que también empieza a cambiarle la manera de vivir.
(Se apagan las luces. Cambio de vestuario. Se abre el telón)
Aparece el tico urbano.
La plaza empieza a perder gente, la pulpe compite con el supermercado y el parque con el centro comercial.
Y la reunión familiar y de barrio empieza a compartir protagonismo con una nueva criatura que entra a las casas y consigue que todos miren hacia el mismo sitio: la televisión.
El tico ya no vive como antes, ni se divierte como antes.
La ciudad crece, el campo se aleja y el tiempo se acorta.
Y aquel personaje que alguna vez tuvo la carreta como extensión de su vida empieza a tener apartamento, automóvil, televisor y la tarjeta como nuevos accesorios.
Ya no necesita conocer a todo el barrio; le basta con saber qué están dando esa noche.
(Se apagan las luces. Cambio de vestuario. Se abre el telón)
Aparece el tico con celular.
Ahora puede estar en la playa, en el trabajo, en el baño, en misa o atrapado en una presa y conversar simultáneamente con otras tres personas que están haciendo exactamente lo mismo.
La tecnología le permite estar en todas partes, o, por lo menos, aparentarlo.
Ya no basta con tener amigos; hay que tener seguidores.
Ni basta con comer; hay que fotografiar la comida.
Y aparece una de las grandes estampas del nuevo tico: se coloca frente a una montaña, le da la espalda a la montaña, saca el celular y se fotografía mirando la montaña.
La montaña queda de fondo y el tico queda en primer plano.
(Se apagan las luces. Cambio de vestuario. Se abre el telón)
Aparece el tico “gym”.
Míster fortachón, brazos de gladiador, abdomen de catálogo fitness, pelo cuidadosamente rapado y barba sospechosamente abandonada.
Una pesa levantada sin fotografía le parece una pesa levantada en vano.
El tico ha pasado del rezo comunitario al grupo de wasap, de la gallera al gimnasio, del álbum familiar al selfi, de preguntarle al vecino a preguntarle a Google.
Y mientras más cosas puede hacer en menos tiempo, menos tiempo parece tener.
Hasta que llega el momento en que la tecnología deja de ser herramienta y empieza a ser dueña del tiempo y...de todo.
(Se apagan las luces. Cambio de vestuario. Se abre el telón)
Aparece el tico de 2075.
Ya no es el muchacho de la carreta sino un adulto mayor, el último sobreviviente en un país también envejecido.
La humanidad, dominada por la tecnología, desaparece casi por completo con las máquinas haciéndolo todo.
Los robots trabajan, conducen, cocinan, diagnostican, administran, conversan, crean y hasta deciden qué deben hacer los humanos que todavía quedan.
Queda solamente uno.
La IA lo localiza e investiga para incorporarlo de lleno a la evolución tecnológica.
Lo entrevista:
–¿Identidad?
–¿Cuál identidad?
–La digital.
–Mae, yo tengo una cédula que venció en 2041.
–¿Contraseña?
–¿Eso qué es?
–Firme aquí.
–¡Mirala!
–Firme.
–¿Tengo que leer todo eso?
–Solo aceptar.
–Mejor mañana.
Silencio.
Extrañada, la máquina procesa entonces millones de datos y consulta toda la historia de la humanidad hasta que finalmente logra encontrar la respuesta:
“Puta, con razón. ¡Es un tico!”
Ante eso, hace lo que ninguna máquina había hecho antes: se rinde, apaga el sistema y lo deja en paz.
“Tenía que ser el Pura vida”.
¡Para qué algoritmo sin algorritmo!