No fui yo… fue mi celu

Ayer le mandé por celu un “saludo afectuoso” a una distinguida dama y el wasap, como ya es su costumbre, decidió meter la cuchara.

El mensaje le llegó como “saludo africano”.

Al rato ella, muy digna y educada, me preguntó si aquello era alguna novedad tecnológica, un ritual chamánico o una variante afrodisiaca que todavía no conocía.

Algo apenado, tuve que explicarle que el autocorrector del celular es como un duende borracho metido dentro del aparato exclusivamente para joder, perdón, para destruir relaciones humanas.

Y no exagero.

Una vez le escribí “te quiero” a una prima y el condenado celu mandó “te quemo”.

Otra vez cerré un mensaje con el “pura vida” y el aparato decidió convertirlo en “puta vida”.

Por dicha mi amiga en Miami tiene sentido del humor porque me respondió: “Gracias. Envidio la puta vida que me deseás”.

Desde entonces reviso los mensajes como quien desactiva una bomba artesanal: sudando tacacos, cortando cables y encomendándome a San Judas Tadeo porque ya humanamente no hay nada más que hacer.

Porque esto, en vez de errores, son ya atentados.

Y el problema en sí no es tanto la palabra equivocada como el contexto.

No es lo mismo escribir “puta” en un chat de compas o de mops que mandarle “puta vida” al médico, el sacerdote o la suegra.

Esto ya no es un tema de corregir palabras, sino de arruinar destinos.

Hay casos especialmente escabrosos.

Como escribir “Llámese a un taxi” y que el celular mande “Llámese a un nazi”.

O como cuando le escribí a la familia que nos iba a recibir en su casa: “Voy con Pilar” y el teléfono mandó “Voy a conspirar”.

Linda manera de llegar de visita.

Otro territorio temible es el de los audios transcritos en los que el celular se luce entrando en fase psicodélica.

Uno dicta “Voy para la casa, comprá tomates y jabón”, y el aparato escribe “Voy para la NASA, comprá tamales y jamón”.

Mae… ¿qué clase de viaje mental hace el celu entre tomates y la NASA?

Yo ya sospecho que dentro del celular hay un pequeño demonio viralizado cuya única función es sabotear matrimonios, cenas familiares, amistades y consultas médicas.

Porque, además, el aparato no solo corrige lo que uno escribe, sino que también revela lo que uno preferiría mantener enterrado bajo varias capas de civilización.

Todos sabemos que existe, por ejemplo, el “dedazo inocente”, pero también que existe el dedazo sospechosamente dirigido.

Como abrir “sin querer” el chat de cierta persona y dar “like” accidentalmente a una foto de 2016.

O peor todavía: hacer videollamada, ojalá con uno en apuros en el baño, despatarrado en el sofá o sacándose la cera de los oídos.

Eso sí es cine de terror.

Pero si hay algo todavía más espantoso que el autocorrector es la llamada accidental.

Esa tragedia moderna donde uno toca algo en el celular y termina llamando exactamente a la única persona a la que no quería llamar.

Y nunca ocurre a las tres de la tarde, sino a las 2:30 de la madrugada cuando el aparato detecta que todavía queda algo de dignidad por destruir.

Entonces empieza el forcejeo: uno intenta colgar, aprieta botones, sacude el teléfono, lo golpea contra la pierna, lo recontrarreputea...

Y el maldito aparato, que normalmente funciona a velocidad intergaláctica para cobrarle a uno, decide precisamente en ese instante convertirse en bloque de concreto armado.

La pantalla no responde, los botones desaparecen, el celular entra en pánico digital.

Y del otro lado: “¿Aló? ... ¿Aló?”

Porque ya no existe manera digna de explicar una llamada a las 2:43 de la madrugada, especialmente si fue para una exnovia, el jefe, un desconocido o el cardiólogo.

Y lo peor es que nadie cree en el imponderable tecnológico.

Si usted llama a alguien a esa hora, la otra persona no piensa “qué extraño fallo digital” sino… “este degenerado estaba pensando en mí”.

Antes, mi amigo Freud necesitaba años de terapia para descubrir el subconsciente humano, pero hoy basta para ello un dedazo y una videollamada accidental.

Ni hablar de los audios enviados por equivocación.

Uno graba tranquilamente “Mae, qué necio ese tipo”, y el celular, siempre comprometido con el caos, se lo manda exactamente a ese tipo.

Más que fallar, ahí el aparato fulmina.

En fin…ya entendí que pelear contra el celu es inútil.

Siempre se sale con la suya, pues tiene acceso a nuestros contactos, a nuestros impulsos y, peor todavía, al peor momento posible.

Aprendí la lección: ahora también hay que pensar antes de escribir, antes de enviar y antes de guardar el teléfono en el bolsillo, porque capaz llama solo.

Total, el futuro acabó siendo un aparato carísimo, inteligentísimo y perfectamente diseñado para arruinarle a uno la vida con una tilde mal puesta.

Pero diay…peor sería volver al telegrama.

Aunque, siendo honestos, al menos el telegrama nunca le deseó “puta vida” a una dama.

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