¡Ay, San Tubito: porfis un chorrito!
Con esto de El Niño, presiento que en mi casa el tubo de agua ascenderá pronto a santo patrono.
Bajo una nueva religión: la hidrofé.
Cuando suceda, ya nadie de la familia pasará frente a él con la indiferencia de siempre; lo veremos entonces con respeto y hasta le rezaremos en voz baja para que al abrir la llave nos escuche.
Si tose una gota de agua, daremos gracias, y si dos, gritaremos milagro.
De abrir la llave por costumbre, pronto lo haremos con devoción mariana, superstición y hasta dedos cruzados.
Y no porque el tubo vaya a cambiar en absoluto, pues seguirá siendo el mismo pedazo de hierro pegado a la pared.
Los que cambiaremos seremos nosotros reprogramando los hábitos caseros y turnándonos durante el día para hacerle más súplicas que al “servicio al cliente del AYA”.
Por tan solo un vaso de agua, porque un balde ya sería mucho pedir; la manguera, pecado capital y lavar el carro, blasfemia.
Y una birra, bueno… ni invocándola con aquamantra a través de cadenas de oración por wasap.
La culpa de todo esto la tendrán estos soles y calores que cocinan techos, achicharran el aire y hacen del agua una especie en peligro de extinción.
Abrirás la ducha y te responderá apenas con un “psssst…”
Entonces le suplicarás: “Vamos mae…aunque sea pal sobaco”.
Porque ya no habrá ni agua bendita para bautizarnos y mucho menos salvarnos.
Entre los vecinos empezaremos a saludarnos diferente:
–No te veo muy limpio.
–Gracias, yo a vos tampoco.
En los restaurantes se pondrá de moda el “menú sin plato”, es decir, a pura “hoja e’ plátano”.
Los anuncios cambiarán:
Hoy leés: “Piscina con cascada y jacuzzi”.
Pronto: “Se alquila casa con balde medio lleno. Solo personas serias”.
Durante décadas, los dueños de los carros gastaban media represa lavándolos todos los domingos hasta dejarlos limpios y relucientes.
Ahora al chunche se le empieza a ver un letrero escrito sobre el polvo acumulado: “Favor no escribir ‘Láveme’. Con costos me enjuago yo”
Los hoteles anunciarán nuevos paquetes:
“Tres noches, desayuno incluido. Ducha de un minuto sin derecho a cantar. Y póngale porque hay lista de espera.”
El novio llegará adonde la novia ya no con un ramo de rosas sino un gotero de vidrio y la tarjetita: “Cariño, son solo tres gotas de agua, pero con amor.”
Los perfumes alcanzarán una importancia militar porque uno ahora se los echa para conquistar, pero pronto para disimular el sudor agrio de semanas.
Con nombres ya no glamorosos tipo Chanel 5, J’adore o Shalimar, sino nostálgicos:
“Llovizna de Monteverde”, “Garúa de Manuel Antonio”, “Rocío del Cerro de la Muerte, “Eau de Cisterna Municipal”.
Y por aquello de ventilar “alas y motor”, los ticos empezaremos a caminar raro: brazos extendidos y piernas abiertas.
Orgullosos, además, ya no de cargar un cuerpo sino una reserva biológica o ecosistema de fermentos primigenios.
La dinámica familiar hará de las discusiones algo distinto:
“¿Quién se gastó el agua de la palangana azul?”
Silencio sepulcral.
Hasta el perro se hace el chancho.
Los políticos ofrecerán por fin cosas realistas: “No les puedo prometer agua…pero sí una excelente comisión investigadora sobre la falta de agua.”
El sonido casual de una gota de agua sobre la montaña de trastos sucios se convertirá en el nuevo himno nacional.
Ah, pero nadie nunca pensará, hasta ese momento, en el viaje extraordinario que hace la gota de agua para llegar hasta nosotros…
Subir montañas, atravesar bosques, alimentar ríos, llenar embalses, pasar por plantas de tratamiento, kilómetros de tuberías…para terminar lavando un carro que ya estaba limpio.
Por eso, consciente de eso, hace décadas me convertí en ecologista anatómico cuando del todo dejé de bañarme.
Solo me enjuago el “motor” con disciplina de comandante en jefe.
El resto de mi cuerpo lo conservo como un humedal protegido donde prosperan formas de vida que la ciencia todavía clasifica como “pendientes de investigar”.
Mi espalda ya no tiene caspa sino biodiversidad. Ya ni sudo: fermento.
La verdad, la sequía no nos quitará el agua, sino que nos pasará la factura de décadas creyendo que el tubo era una fuente infinita.